10 setiembre, 2014

Ondas fúnebres

A Emilio Ebergenyi
(1950-2005)

La modulada y agradable voz del locutor cautivaron a la anciana que por ello no renunciaba a dejar prendido su aparato radiofónico durante toda la noche.
    El locutor cubría con entusiasmo el turno de las diez de la noche a las cuatro de la madrugada y la anciana lo escuchaba hasta las dos cuando generalmente conciliaba el sueño.
    El locutor tenía un estilo ameno para opinar sobre cualquier tema e intercalaba su discurso con las románticas piezas instrumentales. Lo mismo leía un poema o hacía una reflexión filosófica que comentaba lo pasajero de la vida cotidiana.
    La anciana estaba encantada y diestra con las herramientas cibernéticas comunicaba con frecuencia sus opiniones al locutor. La línea telefónica también se abría regularmente al público, sin embargo cuando ella marcaba siempre sonaba ocupado y prefería concentrarse en la programación.
    Un día sin embargo, tras digitar el número, la llamada entró, una asistente le atendió para corroborar sus datos y tras unos minutos le comunicaron con la varonil voz. Emocionada pero sin perder el aplomo, saludo al joven y después le expresó su sentir:
Ay joven, de verdad es usted un encanto y siempre me hace la noche; su compañía me relaja y viera que tranquila duermo.
Muchas gracias señora, esa es nuestra misión, hacerles pasar unas horas agradables.
Pero es que su voz no es escandalosa ni chocante, se le escucha a usted muy auténtico y sabe hablar de todos los temas.
Foto: Cristina Ortega
Bueno doña Luz, nos preparamos un poquito y nuestro objetivo no es adoctrinar, moralizar ni nada por el estilo, simplemente platicar entre amigos y pasar un rato agradable.
No se imagina lo que significa para mi escucharlo, deveras cuando me muera quiero que su voz me acompañe.
Lucecita falta mucho para eso y mejor sigamos acompañándonos todas las noches.

    Y así doña Luz tuvo una velada inolvidable y las sucesivas jornadas fueron más intensas en su admiración por el locutor y su pasión por el espacio radial. No olvidó de todos modos su idea que transmitió a sus familiares:
En serio que cuando yo muera quiero que pongan junto a mi caja mi radio encendido y en mi estación favorita.
    Nadie le negó su derecho a la vieja que lo reitero cuantas veces pudo sin dejar alguno de sus nietos bromear al respecto:
Ay abue, primero se acaba tu programita que tú.
    Pero el tiempo no perdona y después de un par de años doña Luz falleció en una fría tarde de otoño. Terminó sus días mientras dormía la siesta en su mecedora.
    Tras los preparativos de ocasión, Luz fue transportada en el respectivo ataúd y carroza hasta “La Aurora”, la agencia seleccionada. Su cuerpo fue preparado y su caja colocada al centro de la capilla número cuatro.
    El mismo nieto bromista fue quien cumplió al pie de la letra el deseo de su abuela y con sentimientos conjugados de dolor, rabia y resignación sorbiendo su nariz colocó el mediano aparato receptor de radio y lo encendió a un regular volumen.
    Familiares y amigos consternados y fascinados con el acto, en lugar de rezos atendieron la audición. Una pieza de jazz llenó la atmósfera de serenidad. La música parecía no terminar hasta que vino el breve silencio de rigor previo a la locución. Con un halo místico todos quedaron expectantes deseosos de escuchar al carismático comunicador y hasta quisieron depositar su fe, como si su mágica voz pudiera devolverle la vida a la anciana.
    Sorpresivamente una locutora dio las buenas noches y sacó a todos de su sosiego; extrañados pensaron que la sintonía estaba errada, pero la mujer pronto los sacó de dudas:
Queridos radioescuchas: con profundo pesar debo anunciarles que mi compañero Emigdio Escalante ya no podrá estar con nosotros…
    Un suspiro medió en su alocución:
…él ha partido hace unas horas a un ámbito mucho más tranquilo y acogedor, seguramente acompañado de notas y acordes musicales que sembró en su espíritu…Aquellos interesados en acompañarle en su despedida, desde estos momentos su cuerpo está siendo velado en la agencia funeraria “La Aurora”, en la capilla número tres…
    Las respectivas miradas de familiares y amigos de doña Luz se encontraron entre sí asombradas y después se depositaron en el féretro y particularmente en el aparato receptor de cuya bocina surgió tenuemente la voz de Emigdio en una remembranza que los colaboradores de la emisora quisieron hacer.
    Después, cuando al radio se le terminaron las pilas, esa voz también se apagó.

D.R. © Teófilo Huerta, 2012

Publicado en revista Este País, No. 108, México, septiembre de 2014. Leer en línea

17 mayo, 2014

A solas

Solamente el arribo a su vejez declarada y objetiva pudo explicar el comportamiento que el señor Wenceslao Fechado Desliz llegó a asumir. Más allá de una regresión a su infancia, una bipolaridad o una demencia senil, la cuestión se resumía en la llegada de su temida ancianidad y quizá principalmente a su soledad.
    Y sobre esa su conducta no existieron más testigos que las cosas inanimadas a  las qué él atribuyó vida; no hubo persona alguna que lo sorprendiera en sus juegos, ni siquiera vecinos que lo espiaran pues su residencia era inaccesible para ello y además el señor se prevenía de cerrar las persianas de sus habitaciones. Tampoco en una era ya tan tecnificada existía la amenaza de alguna cámara de circuito cerrado que lo vigilara. Era sólo él y su circunstancia.
    El señor Fechado Desliz había sido hijo único, enfermizo y mimado. Muy pequeño perdió a sus padres y fue criado por unos tíos que igualmente lo sobreprotegieron hasta su juventud. Su infancia cosechó muy pocas amistades y prefirió refugiarse en sus fantasías. En la adolescencia fue muy enamoradizo pero siempre en el terreno platónico.
    No obstante su ternura, lealtad y bondad, Wences albergó mucha amargura en su corazón conforme creció debido a sus frustraciones amorosas. Se recibió de economista y pronto destacó en su profesión. Pertinaz ahorrador albergó una buena fortuna que le permitió vivir holgadamente y a falta de familiares se rodeó de una buena servidumbre de la que posteriormente se deshizo.
    Soltero, sin hijos ni familiares, jubilado y con una respetable fortuna, se aisló prácticamente del mundo, a no ser por su vicio musical que lo acompañaba durante horas… excepto cuando decidía jugar con sus canicas, cochecitos y animalitos de plástico que juntó desde niño y como entonces, totalmente solo, de rodillas o tendido sobre el piso –a pesar de su ya limitada flexibilidad- daba rienda suelta a su imaginación para crear múltiples escenarios dónde interactuar.

    Verlo así –pero recordemos que nadie lo veía- podría haber conmovido a cualquier ser. Era un pobre vejete –a pesar de su riqueza- imbuido en extraños juegos, dedicado a mover sus piezas a capricho y religiosamente guardarlas en sus frascos y cajas.
    El señor Fechado Desliz se sentía muy emocionado al actuar así, pero de su conciencia tranquila pasaba a la preocupación de saberse quizá loco; aunque  tenía razón, si nadie lo descubría no podía catalogársele así. Pese a su edad, él mismo se encargaba de salir como cualquier persona e ir a la tienda de la esquina, a comprarse su pan, a sentarse por ratos en una banca del jardín. No era un ermitaño total, saludaba con cortesía y afecto a sus vecinos y se dejaba visitar ocasionalmente por el médico. Afuera era el viejito más simpático y cordial con que se pudiera cruzar cualquier mortal. Dentro de su casa a la hora de prepararse sus sencillos alimentos, asearse, vestirse y dormir, era de lo más normal… hasta que le daban ganas de jugar.
    Don Wenceslao tampoco era ningún avaro. A lo largo de su vida se distinguió por aportar significativas cantidades a asociaciones y fundaciones filantrópicas de todo género, a favor de la infancia, de los animales, de la naturaleza, y en lucha contra múltiples enfermedades. Pero jamás hizo gala de ello. Prácticamente nadie supo de esta faceta, salvo los administradores de la beneficencia.
    Conmovedor era pues ver a aquel hombre solitario embebido en su felicidad. Parecía de cuatro años y ya tenía casi noventa. Nada ni nadie podían perturbar sus alegres juegos en los que él se explayaba y parecía recobrar fortaleza y ánimos.

    El señor Fechado Desliz murió plácidamente en su mecedora durante una siesta y con una sonrisa en los labios. Nadie se percató de sus juegos. Todas sus pertenencias de acuerdo a su voluntad fueron a dar a asilos y hospicios. Aquellas canicas, cochecitos y animalitos de plástico terminaron en manos de pequeños huérfanos que felizmente los acogieron.
D.R. © Teófilo Huerta, 2013



15 julio, 2013

Lectura fatal


 
Foto: Juan Toledo
Era su día de asueto y plácidamente recorría un parque público. Cerca de una fuente eligió una banca y con sorpresa descubrió que alguien había olvidado un libro sobre la misma. Volteó hacia todos lados y se cercioró de que nadie le rodeaba y que el dueño original del ejemplar seguramente estaba lejos.
    Con desconfianza aproximó su mano y tomó el libro. Ya en su posesión vio que eran atractivos el título, el autor y la ilustración de portada. Hizo un gesto de satisfacción por el encuentro. Cuando abrió la obra se percató de un mensaje inscrito en una papeleta adherida: “Felicidades, has encontrado un libro libre destinado a tu lectura  El club de los libros abandonados te da la bienvenida, da aviso de este hallazgo en la página www…. te pedimos que cuando termines de leer este libro no te quedes con él, sino que lo dejes casualmente en un sitio público que elijas para que otra persona como tú pueda también recrearse con su lectura.”
    Encantado lo hojeó. Notó que en sus páginas el libro estaba todo polvoriento y lo atribuyó a haberse enterregado al encontrarse al aire libre. Como era su costumbre, leyó el texto de la contraportada con una breve sinopsis de la obra, el índice y la página legal con los principales datos de edición. Como si fuera un rito, dirigió  su vista alrededor para tener pleno dominio de su entorno y no ser sorprendido por ningún distractor, respiró profundamente y pausadamente volvió a abrir el libro hasta la página de inicio del texto y se concentró en su lectura.
    Poco a poco se adentró en la trama y su interés creció. Su expresión pasaba de la seriedad a la tranquilidad y como si fuera una barca se dejó llevar por la corriente.
Pasada más de una hora vio su reloj y con parsimonia dobló cuidadosamente un ángulo superior de la página en que detuvo su lectura y cerró el libro. Se levantó satisfecho y se retiró del jardín.

    Día con día regresó al parque y eligió una u otra banca para continuar su entretenida lectura. Su intención era concluirla en el sitio donde había hallado el material para abandonarlo allí mismo. Eso sí, hojear el libro se le había complicado pues sus dedos presentaban lesiones que las atribuía a picaduras de mosquitos.´
    En algunas de las oportunidades en que se adentró en el texto en aquel paraje, otros paseantes frecuentes fueron testigos de algunos cambios de conducta de aquel ávido lector. Por supuesto siempre lo vieron interesado en las páginas, pero lo curioso fueron sus cambios físicos, pues de la gallardía y tranquilidad con que se sentaba en la banca y procedía con su tarea, vieron su deterioro y ejecutar actitudes que con el tiempo se incrementaron en frecuencia y combinaciones, como la de toser, rascarse, jalar aire o sacar su pañuelo para secarse el sudor. La alegría y concentración inicial también se transformaron en angustia. Esos visores por lo general atribuyeron la transformación del lector a la propia obra que con tanto ahínco cargaba y leía.
    Después de varios días, en su banca preferida del jardín abrió el libro y su vista nublada le impidió leer por lo que lo cerró de inmediato. Cuando más necesitaba la ayuda de alguna persona, nadie lo observaba. Se levantó desconcertado y titubeante al dar los pasos. Minutos posteriores sobre la acera que lo conducía a su casa, sintió un mareo que lo puso alerta y como reflejo sujetó su libro. El mareo fue mayor y le hizo falta aire. Se llevó la mano libre al pecho a la vez que ya con angustia quiso jalar oxígeno. En un instante perdió el conocimiento, cayó estrepitosamente contra el cemento y murió, el libro naturalmente se desprendió de sus manos y fue a caer a varios metros de él,  justo en una cuneta entre la banqueta y la calle.
    Era imponente lo solitario que aparecía aquel cuerpo tendido en el suelo. El total abandono de un individuo cuyo cerebro minutos antes recreaba otro mundo y mucha compañía. Parecía que el libro había renunciado a él.
    Las primeras personas que divisaron al sujeto, nunca advirtieron la presencia del libro. El hombre fue levantado muchas horas después por una ambulancia y llevado al centro forense. El médico legista extendió el siguiente informe: “Hombre de aproximadamente 36 años de edad, peso corporal de 70 kilos y estatura de 1.75 metros. Falleció aproximadamente a las 14:35 horas. Presentó fractura en el parietal derecho causada por el desvanecimiento posterior al deceso por obstrucción respiratoria. Los análisis de sangre, así como de la piel, de la mucosa nasal y de los pulmones arrojan la presencia de esporas originadas por la bacteria Bacillus antrhracis, comúnmente identificada como ántrax …”
    En otro momento en la acera del accidente, una joven y hermosa estudiante divisó en la cuneta el libro que creyó extraviado y abandonado, se agachó para recogerlo y ya en su posesión vio que eran atractivos el título, el autor y la ilustración de portada. Hizo un gesto de satisfacción por el encuentro. Cuando abrió la obra se percató de un mensaje inscrito en una papeleta adherida: “Felicidades, has encontrado un libro…”
  
D.R. © Teófilo Huerta, 2012
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Integrante de la antología 2099-b, Ediciones Irreverentes, Madrid, 2013. ISBN: 978-84-15353-74-4
Adquirir aquí en línea.



Leer cuento en revista El Bibliotecario en línea (p.31).

02 junio, 2013

Barquitos


A Teo Jr.

“Querido hijo: llegas felizmente a nuestras vidas. Arribas a una casa, tu casa, cuyos pies los baña un bello y sereno lago donde navega una embarcación con la que tu padre y tú pasarán momentos inolvidables…”
    La carta que Ezequiel escribió a su hijo Juan no la conoció este último hasta entrados sus catorce años de edad y entonces se dibujó una sonrisa en su rostro cuando entendió que el lago al que aludía su padre no era sino un estanque, eso sí muy limpio siempre, y que la embarcación con que efectivamente se divirtieron a rabiar no era otro que un juguete de plástico que conservaba en la repisa de su cuarto.
    No sólo la edad y los nuevos intereses de Juan lo distanciaron del juego en el estanque con su padre, sino el abrupto cambio de domicilio a un departamento en el que además resintió restricciones económicas y respiró ansias, frustraciones y desesperaciones al seno familiar.
    Tras varios años difíciles, en que las riendas del hogar las llevó Amyra, Ezequiel encontró nuevas perspectivas de trabajo que le permitieron retomar poco a poco el nivel de vida al que estaba habituado e incluso a proyectar su mejora.
    Amyra y Juan sabían que en breve podrían volver a tener una casa y a realizar proyectos conjuntos, sin embargo Ezequiel se mostraba sumamente cauto y reservado, a tal grado que su esposa e hijo sospechaban que las cosas no eran tan alentadoras como lo imaginaban.
    Un domingo Ezequiel salió muy temprano del departamento sin ser advertido por sus familiares. Dejó, eso sí, un sobre en el buró de su hijo junto a su celular que fue lo primero que vio Juan al abrir los ojos. Extrañado sacó la carta dirigida a él por su padre y comenzó a leer:
    “Querido hijo: hoy como ayer, refrendo mi cariño por ti y celebro ser tu padre. Las cosas no han sido tal y como yo hubiera querido que transcurriesen, créeme que me he desvivido por darte lo mejor y nunca debes dudar del inmenso amor que te profeso. Quizá hemos llevado una lección de vida conjunta. Hoy, no sin esfuerzos, tengo posibilidades de ofrecerles a tu madre y a ti, a pesar de que ya tienes 17 años, una renovada vida. Podrán arribar a una casa, tu casa, cuya entrada adorna un bello estanque donde podrás volver a navegar tu barquito de plástico y rememorar momentos inolvidables. Yo espero les guste, la dirección es Paseo de las Flores…”
    De inmediato Juan dio un brinco de la cama, despertó a su madre y tras compartirle la noticia, se arreglaron y salieron hacia el destino señalado.
    Juan conducía el viejo auto de su madre y ya no pudo sino recorrer el último trayecto al nuevo hogar a una muy baja velocidad, producto del embelesamiento que le causó el pintoresco paisaje. Atónitos, su madre y él bajaron del auto y caminaron hasta la escalinata de la casa para testificar que estaban prácticamente a los pies de un bello y sereno lago rodeado de árboles y donde reposaba una hermosa lancha en cuya proa estaba inscrito el nombre de Juan.


D.R. © Teófilo Huerta, 2012

Publicado en la revista Molino de Letras No. 77, mayo-junio de 2013. Leer en pdf.

13 febrero, 2013

Encantado por el museo


Galería de Dereck Vinyard
Cuando Eustaquio Sánchez pisó por primer vez el museo se quedó asombrado por el majestuoso hongo que bañaba el patio central. Acalorado coqueteó con la idea de darse una ducha y se conformó con el rocío que acarició su cuerpo.
    Cuando inició el largo recorrido por las salas se dejó acompañar por un joven guía que le mostró paso a paso las vitrinas y maquetas y le explicó con sapiencia detalles de las exposiciones.
    Eustaquio se fascinó por muchas de las piezas ornamentales, las vasijas y las máscaras; las finas piezas de ónix y las significativas estelas. También se mostró sorprendido por los restos humanos y deseó con todas sus fuerzas que nunca él se quedara en desnudos huesos, antes que ello prefería inmortalizarse como alguna de las estatuas que también apreció.
    Cuando llegaron a la gran sala mexica, prácticamente no parpadeó, gozó de las reproducciones de las pirámides y se imaginó en épocas remotas. Nada más al percibir la maqueta del gran mercado se paralizó, perdió el sentido por una segundos, se le cegó la vista y los susurros que escuchaba de los visitantes fueron sustituidos por un inmenso vocerío en náhuatl, ininteligible para él, su olfato detectó una mezcla de olores de yerbas y animales y al recobrar la visión un tanto borrosa se descubrió en paños menores y huaraches. El incipiente mareo se intensificó y cientos de personas vestidas como él le rondaban. Quiso sostenerse en el hombro de su guía, pero éste ataviado igualmente por poca ropa le regaló una última y enigmática mirada antes de desaparecer despavorido entre las mercancías.
    Eustaquio tenía conciencia del mercado que en miniatura apenas había observado e imaginó que el sueño lo había vencido tras la visita al museo. Un poco más sereno caminó no sin tropezarse con algunas jaulas de animales. A cada paso que daba los mercaderes le ofrecían objetos a la vista, pero él tan sólo movió insistente la cabeza y avanzó más en busca de una salida no sin volverse a tropezar. En eso dirigió su mirada al cielo e incrédulo percibió un enorme teléfono celular manejado por un gigante rubio. Eustaquio se paralizó y fijó su  pavorosa mirada en el gran artefacto que lo captó.
    Ya no pudo moverse, como un eco sólo alcanzó a escuchar que el gigante rubio expresó a algún acompañante:
     ¡Magnifique visage!, ¡celui semble-t-il un homme de vérité!!!

 
D.R. Teófilo Huerta, 2012

 Cuento leído por el autor en la segunda presentación del libro La segunda muerte y otros cuentos ( Plaza y Valdés, México, 2011) en el salón del Museo de Antropología e Historia, Chapultepec, ciudad de México, 28 de septiembre de 2012.

 

30 diciembre, 2012

Más allá de tu cuerpo



Foto tomada del blog "Poesía sin sábanas"
Me levanté súbitamente. Me dominaba un sentimiento confuso. No sé si era angustia o el resultado de una nueva experiencia.
    Mi cuerpo sudaba, sentía un ardor que me ahogaba pero me hacía feliz al mismo tiempo.
    Tú yacías cobijada por el sonido de la noche; una lámpara iluminaba tus senos y el ritmo de tu respiración me llamaba de nuevo a tu lado. Tus labios húmedos y sinceros dejaron escapar en lo íntimo de la alcoba una pregunta:
    –¿Te sientes mal?
    Te miré con los ojos tensos. Me sentía como ajeno a aquella escena. No logré entender lo que me decías y volviste a preguntar:
   – ¿Qué pasa mi amor, qué sientes?
    Como un loco me precipité sobre ti: te abracé desesperado. Mi cuerpo hervía y quería consumirme en tus brazos. Entonces te asustaste, te resististe a mis besos y murmuraste:
    –…Con cuidado… ¡Ten cuidado!
    La oscuridad se hizo más intensa, tu voz se escondía bajo la almohada. Sentí penetrar en un túnel infinito. Quería perderme en tu ser, saberte real y mía.
    Tu calor equilibró el mío y la desesperación que me envolvía se mitigó. Tus manos palpaban mi espalda y me daban tranquilidad.
   – Gracias –te dije, al tiempo que acariciaba tu fina oreja.
    Con una bella sonrisa depositaste tu confianza en mí. Desde ese momento recorrimos el camino de la búsqueda. Mis manos no se cansaron de percibir la esencia de tu figura. Conocí con las yemas de mis dedos la estructura encantadora de tu existencia.
   – Esto es un lindo viaje –te dije.
   – ¿Qué cosa?
   – Sí, siento que me transportas a un lindo lugar que es tu vida y yo me asomo para ver el paisaje que te viste.
   – ¿Te parece mi cuerpo un vestido de mi vida?
   – Bueno, es la coraza que te resguarda…
   – ¿Tú qué piensas: el cuerpo y el alma están separados?
   – Pues sí en la vida rutinaria. Pero en la multitud las esencias se pierden y nos vemos como simples bultos. ¡Cuántas veces no herimos la carne de los demás!, como si los golpes no llegaran a estremecer sus entrañas. ¡Cuántos muertos se confunden en la fosa común que encuentran como destino!, y atrás, el asesino cree que su hazaña está lograda, ignorando el lugar al que los espíritus llegarán y desde donde juzgarán su vil actitud. No es tanto que cuerpo y alma estén separados cariño –continué– es que en medio de nuestras vanidades y preocupaciones los dividimos radicalmente. Cuando el alma sufre y no tenemos humildad, ni la valentía de mostrarlo, nos disfrazamos el cuerpo: la mujer se maquilla el rostro, da a sus labios y ojos una apariencia vigorosa, pero su voz y mirada tienen otro matiz; el hombre se deja o se quita bigote y barba con la intención de cambiar la expresión, pero ésta queda impregnada del drama interno.
   – ¡Que filosófico!Y hoy, ¿aquí? –me preguntaste con tu aliento cautivante.
   – No sé, nuestra pasión nos llena hasta lo más íntimo. La piel y más allá.
   – ¿Qué descubres en mi cuerpo?
   – Eres una escultura viviente. Pero también me enseñas tu energía interior. Contigo viajo a un mundo desconocido. Y tú, ¿qué descubres en mí?
   – Bueno, toco tus ideas y sentimientos. Las palabras que me dicen también corren por mi sangre. Tu sudor habla de tu vitalidad no sólo física, sino de tus anhelos y virtudes. Tenemos una comunicación intensa.
    Callaron nuestras bocas mutuamente y nos dejamos llevar por los significados de nuestro contacto. Recuerdo vivamente la textura fascinante de tu piel, la ternura con que tus manos buscaban mi apoyo. Aparentemente nos perdíamos en el misterio de nuestros trazos. Sin embargo, el encuentro era la consolidación de nuestros destinos.
    Por eso hoy no hallo el camino que puedo seguir. Te sé mía todavía. Tu filosofía me acompaña y da coherencia a mi confusa cabeza, pero ¿cómo ahogar esta ansia de tocarte?
      Has abandonado tu cuerpo y no lo puedes mover. Tu carne inolvidable desaparecerá. Tierra y tiempo borrarán la vitalidad de la que me nutrí tantas noches.
     Estas flores, mi amor, las coloco al pie de tu tumba para que den un poco de alegría al silencio en que se desintegra tu cuerpo. Quisiera que sus pétalos te protegieran y que el color de tu piel que diera luz a mi frágil estructura, no se perdiera en el gris del nuevo ámbito que te gobierna.
    Pero yo sé bien que la muerte te ha hecho nacer en otro lugar. ¿Dónde estás amor con tu encanto y sabiduría? ¿Dónde, que alejada no darás a nuestro lecho el calor ni el aroma que me cobijaban?
    Las flores te las dejo aquí, mas su perfume llegará hasta ti y en mis noches solitarias te tendré si no a mi lado, sí en el orden de mis sueños, donde tu voz será una aproximación a la realidad.
    Pronto viajaré cariño y en el desintegrar de mi cuerpo brotarán de nuevo el tuyo y el mío más fundidos que nunca; el aire será nuestro aliado y en el volar de nuestro éxtasis dormiremos en la plenitud de nuestra paz.


D.R. © Teófilo Huerta, 1986


Integrante del libro La segunda muerte y otros cuentos

D.R. © Plaza y Valdés, 2011
Reproducido con autorización de la editorial Plaza y Valdés.

21 diciembre, 2012

La segunda muerte




  
FRAGMENTO

...así como la costumbre de despertar del sueño cotidiano, Mario vio la luz nuevamente. Se sintió desconcertado por el recuerdo que tenía de estar enfermo y haber cedido al dolor; además podía moverse normalmente. Pero no estaba solo: una multitud le rodeaba. Un temblor estremecía a todos pero no sentían desesperación. El día era brumoso y templado. Los rayos solares se expandieron de tal forma que el sol desapareció para iluminar todo el firmamento y descendió del espacio una estrella que al posarse sobre la Tierra se transformó en Cristo nuevamente humanizado, ahora con el nombre de   Emmanuel, aquél con el que originalmente fue profetizado. Todo el mundo permaneció de pie sin parpadear. Nadie despegó sus labios. Poco a poco todos se hincaron y Emmanuel habló:
   –Levantaos hermanos.
    Esto lo dijo con gran serenidad y desplazó su mano derecha con atractiva firmeza.
    Todos se levantaron y durante algunos minutos se reconocieron los parientes vivos y “muertos” que se saludaron, pero evitaron distraerse del suceso divino. Fue entonces que Emmanuel volvió a tomar la palabra que llegaba a todos.
   – He aquí el día anunciado. Vine un día a dar el mensaje de mi Padre y me crucificaron, pero resucité y dejé sentencia de volver para comenzar una vida llena de gracia y felicidad. Ahora que ustedes los hombres, después de saber de los males y los bienes, después de haber errado el camino lograron instaurar por sí mismos una sociedad común y justa, debo, como conducto del Padre, premiarlos con la máxima razón que esté de nuestra parte.
Foto: Spencer Tunick
    Ciertamente la humanidad, después de guerras y discrepancias, había ya logrado asociarse sin rencor. Emmanuel continuó con la palabra:
   – Este es el juicio final. En él comparecerán todos los que pisaron y transitaron por esta tierra. En él serán evaluadas las acciones de cada ser...

D. R. © Teófilo Huerta, 1986

       
Continuar leyendo en el libro impreso La segunda muerte y otros cuentos
D. R. © Plaza y Valdés, 2011


12 diciembre, 2012

Desde arriba


Una parte del globo se encuentra cubierta por un espeso manto de oscuridad. Otra, capta los rayos solares y se ilumina.
 Mis ojos atraviesan las densas nubes y recorren el verdor de la naturaleza. Veo agitarse a los pajarillos en un vuelo que no tiene fin. Los animales silvestres y salvajes transitan el silencio del campo.
 Algunos hombres descansan. Duermen su sueño cotidiano. Entregados a la magia nocturna, niegan por unos minutos su existencia y su diario trajinar. Otros despiertan y suspiran para recoger el aire incierto y pesado que rodea sus lechos. Hay quienes se asoman a la ventana y ven al cielo para imaginar que velo su descanso, preguntarse si están desamparados o, incluso, temblar de miedo.
 Un buen número de mortales gasta sus energías a plena luz del día. Hombres y mujeres trabajan en la oficina, la casa, la fábrica o el campo. Hay jóvenes que estudian y siembran las semillas. Niños que aprenden los contenidos de una vida a veces deliciosa, otras amarga debido al rencor, la envidia y el egoísmo de los propios seres humanos que no han aprendido a convivir y amarse.
 Y qué triste es ver a miles de individuos que se arrebatan la vida. Que por medio de las armas juegan a destruirse. Es la guerra que no conoce edad ni hora. Es la guerra, fría y anónima, cargada de ambiciones y cegada por la ira.
 En varios puntos de ese globo terráqueo, suspendido en el espacio, se escucha el detonar de las bombas. Yo me asusto, temo que en un instante el rugir del fuego creado por el hombre en su afán de poderío se extienda sobre la Tierra y la haga estallar.
 El hombre me enfrenta con odio y desdén. Pretende acabar con mi creación. No sabe que yo no he jugado al inventarlo, que su existencia es un regalo de amor que le he hecho con una entrega desinteresada.

D.R. © Teófilo Huerta, 1986

Cuento integrante del libro impreso  La segunda muerte y otros cuentos.


11 diciembre, 2012

Dios cibernético


Foto: UNAM (pág. web)
Dios encendió su computadora, entró a internet, hizo clic y apareció el hombre. Después oprimió la tecla supr y lo borró.

D. R. © Teófilo Huerta, 2009


Cuento integrante del libro impreso La segunda muerte y otros cuentos.

D. R. © Plaza y Valdés, 2011


04 diciembre, 2012

Un metro de su atención

Línea 7, 31 de agosto de 2020
Raúl sube las escaleras y nota con emoción los cambios en el piso y en los barandales de la estación. A lo lejos distingue los cerros con sus grandes antenas televisoras y se convence de que es el mismo lugar que hace veinte años frecuentaba. Precisamente ha extrañado los puestos de tacos y golosinas y por la prisa apenas si ha reparado en las máquinas que los sustituyen.
    Su hermano le ha prestado su metrocard para el viaje de ese día. Seguro, introduce su tarjeta que le da acceso a un elevador personal que lo transporta al andén inferior. Retira la tarjeta y la guarda. Gratamente sorprendido espera el convoy que lo lleve por las estaciones que durante un par de años lo vieron pasar rumbo a su clínica, antes de viajar a su comisión en África.
    No duda un instante en que el modelo haya cambiado. En efecto, un dinámico tren hace su arribo. No sabe a quién, pero agradece que el color naranja prevalezca como símbolo de identidad.
    Le extraña no ver multitudes, aunque deduce que ya hay nuevas líneas y que el tiempo entre los trenes se ha reducido.
    Se abren las puertas y al interior encuentra la misma disposición de lugares, ahora con asientos tan confortables como los de un avión. Titubeante se sienta y se relaja poco a poco.
   
Rosario, 8:30 A.M.
    Raúl se acomoda en su lugar y se le antoja dormir, pero lo evita para no perderse las novedades que el viaje le pueda aportar. Piensa que gracias a la modernidad la pobreza se ha desterrado y suspira con nostalgia y felicidad de saber que no verá subir a un sordomudo que reparta chicles para venderlos, a un par de invidentes con su armónica, a un grupo de jóvenes a tocar un rock urbano y mucho menos a un niño estirar su manita en espera de limosna.
    No, no, se dice, ya no será. Qué bueno, pero se extraña, se siente raro.
El timbre característico anuncia el cierre de las puertas y la partida. Intempestivamente penetran al vagón cuatro hombres y una mujer con uniforme negro y sofisticadas armas. Raúl queda estupefacto.
    Justo al arrancar el convoy el comando inicia una ráfaga de disparos hacia todos los ángulos. Raúl, a punto del infarto y pálido, se lleva las manos a la cabeza y se hinca en el piso.
    Por las bocinas del vagón se escucha una voz varonil y al fondo música de acción.
   – Cuando no existen garantías para la convivencia y la paz, la única seguridad está en “Comando Especial”. Katy Redford y Elliot Geere, bajo la dirección de Tom Cruise. Consulte su cartelera cinematográfica. Boletos en las taquillas del Metro.
     Raúl alza la vista incrédulo y ve cómo los demás pasajeros están tranquilos, algunos incluso indiferentes charlan y otros leen. Mientras tanto el “Comando Especial” ha bajado en la siguiente estación para cambiar de vagón.

Refinería, 8:32 A.M.
    Con taquicardia aún, se mesa los cabellos y jala aire. Su ausencia del país por tantos años y su estancia en la selva africana lo marginaron de la evolución de su tierra; sin familia cercana, perdió el contacto con otros parientes y con sus contados amigos se espació y redujo la correspondencia que, además, no pasó de ser un intercambio de saludos y buenos deseos.
    Aislado en un lejano dispensario se enteró de los principales movimientos políticos en el mundo y también de adelantos científicos y tecnológicos, pero se quedó en la lectura. Ahora sus sentidos le exigen capturar y comprender en segundos el paso de los años.
    Sus ojos a la expectativa registran la entrada de unos deportistas. No les da importancia y voltea la vista al cristal. De pronto un basquetbolista se pasea botando un balón, mientras dos mujeres tenistas intercambian pases y un futbolista domina la pelota.
    Nuevamente el sonido transmite un comercial grabado.
   – Haga historia en el deporte: practíquelo a gusto y bien con el equipo de “Deportes Martí”. Busque su tienda en las estaciones de trasbordo.
    Comienza a acostumbrarse y fuerza una sonrisa. A final de cuentas ya no se trata de aportar dinero.

Camarones, 8:34 A.M.
    Se van los deportistas y entran dos mujeres cincuentonas con bolso. Ruedan una gran alcancía transparente.
    Una voz femenina se escucha ahora por las bocinas.
   – Señores pasajeros: la Fundación Filantrópica por los Ancianos agradecerá los donativos que en cheque o en efectivo se sirvan hacer. Su bondad da felicidad.
    Otra vez atónito, Raúl testifica la ayuda de todos los pasajeros, quienes depositan billetes de alta nominación y otros se apuran a sacar su chequera y firmar el documento respectivo.
    Las señoras ven despectivamente al único pasajero que está inmóvil. No, no está preparado para la generosa ayuda.

Tacuba, 8:36 A.M.
    Ya espera en cada intervalo algo nuevo y quiere estar preparado para el comercial en vivo o la petición moderna de ayuda, pero adelantarse a lo que puede ocurrir es un asunto algebraico. Sigue con cautela a los que identifica como personajes fuera de lo común: un sacerdote católico con una copa y un acólito con una charola.
    Raúl espera el mensaje grabado…
   LOCUTOR: El cada vez más acelerado ritmo de vida y las exigencias materiales que lo ocupan, no lo deben alejar de sus obligaciones espirituales.
(NOTAS DE LA QUINTA SINFONÍA DE BEETHOVEN. ÉNFASIS DEL LOCUTOR)
   –Si tú no vas a la Iglesia, la Iglesia viene a ti. Recibe una oblea y ¡purifícate!

San Joaquín, 8:38 A.M.
    Continúa el mensaje:
   – Las hostias de la “Santísima Caridad” están adicionadas con proteínas, minerales y vitaminas, lo que además de ser un alimento para el alma, las convierte en un complemento alimenticio para el cuerpo. Pida su oblea y coopere con lo que sea su voluntad.
    Varios pasajeros solicitan la comunión y aportan su limosna.

Polanco, 8:40 A.M.
    La comunión requiere algunos minutos. Raúl otra vez es un espectador y sólo recibe la compasiva bendición del padre.

Auditorio, 8:42 A.M.
     Santificado en su viaje no divisa nada extraño entre la gente que sube al vagón. A lo mucho le parece exagerado que una mujer lleve un abrigo.
    De pronto surge el mensaje con música instrumental.
   – Casandra, una de nuestras bellas féminas que lo esperan en el table dance más cerca de su hogar… aquí sólo una probadita.
elabc.com.mx
    La “bella fémina” danza y se detiene bruscamente ante los lugares de los caballeros para abrir su abrigo y dejar que le aporten algún donativo. Al llegar frente a Raúl hace la misma operación. Él, boquiabierto, ve los pechos desnudos y en la tanga sostenidos billetes y cheques. Por fin reacciona y presuroso saca su cartera que está vacía y en la emergencia lo único que se le ocurre es colocarle su metrocard.

Constituyentes, 8:44 A.M.
   Raúl queda con una sonrisa dibujada en el rostro, la misma que se congela con el flashazo recibido de parte de una joven fotógrafa que dispara el obturador de su cámara sobre cada pasajero.
    Una locutora anuncia:
   – Foto Regis le ofrece una alta definición y calidad en sus productos. Identifique y solicite la impresión de su foto digital en el establecimiento Regis de la estación en que descienda. No tiene costo…es una cortesía de su Sistema de Transporte Colectivo.

Tacubaya, 8:46 A.M.
    Agotado, Raúl baja y completa su transbordo a la línea 3. Para ello utiliza elevadores y bandas eléctricas.

Centro Médico, 9:00 A.M.
    Raúl baja del vagón después de presenciar, lástima, dos metromerciales repetidos. Presuroso busca la salida no sin antes pasar por su foto.

Centro Médico (no la estación, sino el hospital), 9:30 A.M.
    Tras de su bienvenida y presentación, el nuevo jefe del Departamento de Patología Experimental, el doctor Raúl Navarro, se encierra en su cubículo y de inmediato dicta un número al videoteléfono que lo registra. En un par de segundos aparece en la pantalla una mujer que le responde:

   – Publimetro a sus órdenes…

   – Señorita –dice el doctor–, ¿me puede dar informes para contratar un metromercial?, ¿sabe?, es que tengo patentada una vacuna fenomenal…
D.R. © Teófilo Huerta, 1996

Cuento integrante del libro impreso La segunda muerte y otros cuentos

D.R. © Plaza y Valdés, 2011
Reproducido con autorización de la editorial Plaza y Valdés.

04 octubre, 2012

100


Érase un hombre con ganas de escribir. Desde joven le había gustado. Tenía una inclinación especial por imaginar historias y plasmarlas en el papel. Con el tiempo había juntado varios cuentos, los había corregido, pulido y vuelto a corregir.
   Su máxima ilusión era ampliar el espectro familiar y amistoso de lectura, que sus narraciones pudieran alcanzar más cerebros y corazones, todo a través de la publicación de un libro formal.
    Hasta entonces sus lectores habían sido sus cuatro abuelos, dos padres, o sea, padre y madre, dos hermanas, siete tíos, trece primos, nueve sobrinos, cinco cuñados, dos concuños, una suegra, un jefe, doce ex jefes, seis maestros, cinco amigos, diez compañeros, diez alumnos, un taxista, un doctor, un párroco, un peluquero, dos agentes de tránsito, una esposa, tres hijos…ah, y un perro.
     Manos a la obra acudió a varias editoriales en busca de concretar su sueño:
-Toc, toc.
-¿Quién es?
-Un autor.
-¿Qué quiere?
-Publicar.
    Y las respuestas eran invariablemente: “no, gracias”, “vuelva otro día”, “tendríamos que evaluar su mercancía”, “por ahora estamos llenos”, “ya no moleste”.
     Pero un día, después de tanto trajinar, sucedió que…
      - Toc, toc
-¿Quién es?
-Un autor
-Ah, ¡bienvenido!, ¡pásele!
     Atónito por el gentil recibimiento del editor, su destino tomaba un sendero prometedor y a partir de entonces vino el conocimiento, el acuerdo y la feliz consecución de ver su libro publicado.
      Pero cuál no sería su sorpresa cuando el editor le comunicó que el tiraje de su libro sería de cien ejemplares.
      -¡¿Cien?! –preguntó desconcertado el escritor- y se apresuró a hacer rápidamente cuentas y ello apenas alcanzaría para sus cuatro abuelos, dos padres, o sea, padre y madre, dos hermanas, siete tíos, trece primos, nueve sobrinos, cinco cuñados, dos concuños, una suegra, un jefe, doce ex jefes, seis maestros, cinco amigos, diez compañeros, diez alumnos, un taxista, un doctor, un párroco, un peluquero, dos agentes de tránsito, una esposa, tres hijos…ah, y para el perro.
      Pensó que por más derecho que le asistiera para solicitar un tiraje mayor, debía aquilatar la oportunidad que se le brindaba de publicar por primera vez.
      Con entusiasmo y actitud positiva invitó a la presentación de su libro a sus cuatro abuelos, dos padres, o sea, padre y madre, dos hermanas, siete tíos, trece primos, nueve sobrinos, cinco cuñados, dos concuños, una suegra, un jefe, doce ex jefes, seis maestros, cinco amigos, diez compañeros, diez alumnos, un taxista, un doctor, un párroco, un peluquero, dos agentes de tránsito, una esposa, tres hijos…ah, y al perro.
Foto: Armando Tamés
     El día marcado llegó. Una presentación de gala. Comenzó su discurso al decir “que tenía guardados sus cuentos desde hacía varios años. Mantenía el deseo de publicarlos alguna vez, pero carecía de…”; bruscamente se interrumpió pues le sonó a un famoso cuento y le pareció detestable hasta el autoplagio.
    A la par de su nuevo discurso, olió fascinado la tinta de su propio libro, jugó con sus dedos entre las páginas, al llegar al final de ellas, posó sus ojos en el texto que daba fe de los detalles de impresión y entonces abruptamente detuvo su alocución y se concentró en su lectura. Se hizo un majestuoso silencio, el público pensó que el autor había hecho una pausa a propósito para dar un giro a su mensaje, pero no, él, sorprendido, seguía absorto y se cercioró de que la cifra del tiraje aunque contenía el número cien, era seguido por una coma y por tres maravillosos ceros. No daba crédito, y en silencio seguían sin parpadear sus cuatro abuelos, dos padres, o sea, padre y madre, dos hermanas, siete tíos, trece primos, nueve sobrinos, cinco cuñados, dos concuños, una suegra, un jefe, doce ex jefes, seis maestros, cinco amigos, diez compañeros, diez alumnos, un taxista, un doctor, un párroco, un peluquero, dos agentes de tránsito, una esposa, tres hijos…y el perro en posición de cazador.
     El escritor perdió mentalmente el hilo de su discurso, con una sonrisa que iluminaba todo su semblante y antes de ponerse de pie, sólo se limitó a decir: ¡muchas gracias!

D.R. © Teófilo Huerta, 2012

Cuento leído por el autor en la presentación del libro La segunda muerte y otros cuentos (Plaza y Valdés, México, 2011) en la Librería Porrúa sucursal Bosque de Chapultepec, el 12 de septiembre de 2012.