17 mayo, 2014

A solas

Solamente el arribo a su vejez declarada y objetiva pudo explicar el comportamiento que el señor Wenceslao Fechado Desliz llegó a asumir. Más allá de una regresión a su infancia, una bipolaridad o una demencia senil, la cuestión se resumía en la llegada de su temida ancianidad y quizá principalmente a su soledad.
    Y sobre esa su conducta no existieron más testigos que las cosas inanimadas a  las qué él atribuyó vida; no hubo persona alguna que lo sorprendiera en sus juegos, ni siquiera vecinos que lo espiaran pues su residencia era inaccesible para ello y además el señor se prevenía de cerrar las persianas de sus habitaciones. Tampoco en una era ya tan tecnificada existía la amenaza de alguna cámara de circuito cerrado que lo vigilara. Era sólo él y su circunstancia.
    El señor Fechado Desliz había sido hijo único, enfermizo y mimado. Muy pequeño perdió a sus padres y fue criado por unos tíos que igualmente lo sobreprotegieron hasta su juventud. Su infancia cosechó muy pocas amistades y prefirió refugiarse en sus fantasías. En la adolescencia fue muy enamoradizo pero siempre en el terreno platónico.
    No obstante su ternura, lealtad y bondad, Wences albergó mucha amargura en su corazón conforme creció debido a sus frustraciones amorosas. Se recibió de economista y pronto destacó en su profesión. Pertinaz ahorrador cosechó una buena fortuna que le permitió vivir holgadamente y a falta de familiares se rodeó de una buena servidumbre de la que posteriormente se deshizo.
    Soltero, sin hijos ni familiares, jubilado y con una respetable fortuna, se aisló prácticamente del mundo, a no ser por su vicio musical que lo acompañaba durante horas… excepto cuando decidía jugar con sus canicas, cochecitos y animalitos de plástico que juntó desde niño y como entonces, totalmente solo, de rodillas o tendido sobre el piso –a pesar de su ya limitada flexibilidad- daba rienda suelta a su imaginación para crear múltiples escenarios dónde interactuar.


D.R. © Teófilo Huerta, 2013

15 julio, 2013

Lectura fatal


    FRAGMENTO

Era su día de asueto y plácidamente recorría un parque público. Cerca de una fuente eligió una banca y con sorpresa descubrió que alguien había olvidado un libro sobre la misma. Volteó hacia todos lados y se cercioró de que nadie le rodeaba y que el dueño original del ejemplar seguramente estaba lejos.
    Con desconfianza aproximó su mano y tomó el libro. Ya en su posesión vio que eran atractivos el título, el autor y la ilustración de portada. Hizo un gesto de satisfacción por el encuentro. Cuando abrió la obra se percató de un mensaje inscrito en una papeleta adherida: “Felicidades, has encontrado un libro libre destinado a tu lectura  El club de los libros abandonados te da la bienvenida, da aviso de este hallazgo en la página www…. te pedimos que cuando termines de leer este libro no te quedes con él, sino que lo dejes casualmente en un sitio público que elijas para que otra persona como tú pueda también recrearse con su lectura.”
Encantado lo hojeó...
   
Leer cuento en 2099-b, Ediciones Irreverentes, Madrid, 2013. ISBN: 978-84-15353-74-4
Adquirir aquí en línea.


Leer cuento en revista El Bibliotecario en líena (p.31).

02 junio, 2013

Barquitos


“Querido hijo: llegas felizmente a nuestras vidas. Arribas a una casa, tu casa, cuyos pies los baña un bello y sereno lago donde navega una embarcación con la que tu padre y tú pasarán momentos inolvidables…”
    La carta que Ezequiel escribió a su hijo Juan no la conoció este último hasta entrados sus catorce años de edad y entonces se dibujó una sonrisa en su rostro cuando entendió que el lago al que aludía su padre no era sino un estanque, eso sí muy limpio siempre, y que la embarcación con que efectivamente se divirtieron a rabiar no era otro que un juguete de plástico que conservaba en la repisa de su cuarto.
    No sólo la edad y los nuevos intereses de Juan lo distanciaron del juego en el estanque con su padre, sino el abrupto cambio de domicilio a un departamento en el que además resintió restricciones económicas y respiró ansias, frustraciones y desesperaciones al seno familiar.
    Tras varios años difíciles, en que las riendas del hogar las llevó Amyra, Ezequiel encontró nuevas perspectivas de trabajo que le permitieron retomar poco a poco el nivel de vida al que estaba habituado e incluso a proyectar su mejora.
    Amyra y Juan sabían que en breve podrían volver a tener una casa y a realizar proyectos conjuntos, sin embargo Ezequiel se mostraba sumamente cauto y reservado, a tal grado que su esposa e hijo sospechaban que las cosas no eran tan alentadoras como lo imaginaban.
    Un domingo Ezequiel salió muy temprano del departamento sin ser advertido por sus familiares. Dejó, eso sí, un sobre en el buró de su hijo junto a su celular que fue lo primero que vio Juan al abrir los ojos. Extrañado sacó la carta dirigida a él por su padre y comenzó a leer:
    “Querido hijo: hoy como ayer, refrendo mi cariño por ti y celebro ser tu padre. Las cosas no han sido tal y como yo hubiera querido que transcurriesen, créeme que me he desvivido por darte lo mejor y nunca debes dudar del inmenso amor que te profeso. Quizá hemos llevado una lección de vida conjunta. Hoy, no sin esfuerzos, tengo posibilidades de ofrecerles a tu madre y a ti, a pesar de que ya tienes 17 años, una renovada vida. Podrán arribar a una casa, tu casa, cuya entrada adorna un bello estanque donde podrás volver a navegar tu barquito de plástico y rememorar momentos inolvidables. Yo espero les guste, la dirección es Paseo de las Flores…”
    De inmediato Juan dio un brinco de la cama, despertó a su madre y tras compartirle la noticia, se arreglaron y salieron hacia el destino señalado.
    Juan conducía el viejo auto de su madre y ya no pudo sino recorrer el último trayecto al nuevo hogar a una muy baja velocidad, producto del embelesamiento que le causó el pintoresco paisaje. Atónitos, su madre y él bajaron del auto y caminaron hasta la escalinata de la casa para testificar que estaban prácticamente a los pies de un bello y sereno lago rodeado de árboles y donde reposaba una hermosa lancha en cuya proa estaba inscrito el nombre de Juan.

D.R. © Teófilo Huerta, 2012

Publicado en la revista Molino de Letras No. 77, mayo-junio de 2013.

13 febrero, 2013

Encantado por el museo


Galería de Dereck Vinyard
Cuando Eustaquio Sánchez pisó por primer vez el museo se quedó asombrado por el majestuoso hongo que bañaba el patio central. Acalorado coqueteó con la idea de darse una ducha y se conformó con el rocío que acarició su cuerpo.
    Cuando inició el largo recorrido por las salas se dejó acompañar por un joven guía que le mostró paso a paso las vitrinas y maquetas y le explicó con sapiencia detalles de las exposiciones.
    Eustaquio se fascinó por muchas de las piezas ornamentales, las vasijas y las máscaras; las finas piezas de ónix y las significativas estelas. También se mostró sorprendido por los restos humanos y deseó con todas sus fuerzas que nunca él se quedara en desnudos huesos, antes que ello prefería inmortalizarse como alguna de las estatuas que también apreció.
    Cuando llegaron a la gran sala mexica, prácticamente no parpadeó, gozó de las reproducciones de las pirámides y se imaginó en épocas remotas. Nada más al percibir la maqueta del gran mercado se paralizó, perdió el sentido por una segundos, se le cegó la vista y los susurros que escuchaba de los visitantes fueron sustituidos por un inmenso vocerío en náhuatl, ininteligible para él, su olfato detectó una mezcla de olores de yerbas y animales y al recobrar la visión un tanto borrosa se descubrió en paños menores y huaraches. El incipiente mareo se intensificó y cientos de personas vestidas como él le rondaban. Quiso sostenerse en el hombro de su guía, pero éste ataviado igualmente por poca ropa le regaló una última y enigmática mirada antes de desaparecer despavorido entre las mercancías.
    Eustaquio tenía conciencia del mercado que en miniatura apenas había observado e imaginó que el sueño lo había vencido tras la visita al museo. Un poco más sereno caminó no sin tropezarse con algunas jaulas de animales. A cada paso que daba los mercaderes le ofrecían objetos a la vista, pero él tan sólo movió insistente la cabeza y avanzó más en busca de una salida no sin volverse a tropezar. En eso dirigió su mirada al cielo e incrédulo percibió un enorme teléfono celular manejado por un gigante rubio. Eustaquio se paralizó y fijó su  pavorosa mirada en el gran artefacto que lo captó.
    Ya no pudo moverse, como un eco sólo alcanzó a escuchar que el gigante rubio expresó a algún acompañante:
     ¡Magnifique visage!, ¡celui semble-t-il un homme de vérité!!!

 
D.R. Teófilo Huerta, 2012

 Cuento leído por el autor en la segunda presentación del libro La segunda muerte y otros cuentos ( Plaza y Valdés, México, 2011) en el salón del Museo de Antropología e Historia, Chapultepec, ciudad de México, 28 de septiembre de 2012.

 

30 diciembre, 2012

Más allá de tu cuerpo



Foto tomada del blog "Poesía sin sábanas"
FRAGMENTO

Me levanté súbitamente. Me dominaba un sentimiento confuso. No sé si era angustia o el resultado de una nueva experiencia.
    Mi cuerpo sudaba, sentía un ardor que me ahogaba pero me hacía feliz al mismo tiempo.
    Tú yacías cobijada por el sonido de la noche; una lámpara iluminaba tus senos y el ritmo de tu respiración me llamaba de nuevo a tu lado... 
    La oscuridad se hizo más intensa, tu voz se escondía bajo la almohada. Sentí penetrar en un túnel infinito. Quería perderme en tu ser, saberte real y mía.
    Tu calor equilibró el mío y la desesperación que me envolvía se mitigó. Tus manos palpaban mi espalda y me daban tranquilidad.
   – Gracias –te dije, al tiempo que acariciaba tu fina oreja.
    Con una bella sonrisa depositaste tu confianza en mí. Desde ese momento recorrimos el camino de la búsqueda. Mis manos no se cansaron de percibir la esencia de tu figura. Conocí con las yemas de mis dedos la estructura encantadora de tu existencia...
      Por eso hoy no hallo el camino que puedo seguir. Te sé mía todavía. Tu filosofía me acompaña y da coherencia a mi confusa cabeza, pero ¿cómo ahogar esta ansia de tocarte?
      Has abandonado tu cuerpo y no lo puedes mover. Tu carne inolvidable desaparecerá. Tierra y tiempo borrarán la vitalidad de la que me nutrí tantas noches...

Continuar lectura en el libro impreso La segunda muerte y otros cuentos

D.R. © Teófilo Huerta, 1986
D.R. © Plaza y Valdés, 2011
Reproducido con autorización de la editorial Plaza y Valdés.

21 diciembre, 2012

La segunda muerte



Foto: Spencer Tunick

   FRAGMENTO

...así como la costumbre de despertar del sueño cotidiano, Mario vio la luz nuevamente. Se sintió desconcertado por el recuerdo que tenía de estar enfermo y haber cedido al dolor; además podía moverse normalmente. Pero no estaba solo: una multitud le rodeaba. Un temblor estremecía a todos pero no sentían desesperación. El día era brumoso y templado. Los rayos solares se expandieron de tal forma que el sol desapareció para iluminar todo el firmamento y descendió del espacio una estrella que al posarse sobre la Tierra se transformó en Cristo nuevamente humanizado, ahora con el nombre de   Emmanuel, aquél con el que originalmente fue profetizado. Todo el mundo permaneció de pie sin parpadear. Nadie despegó sus labios. Poco a poco todos se hincaron y Emmanuel habló:
   –Levantaos hermanos.
    Esto lo dijo con gran serenidad y desplazó su mano derecha con atractiva firmeza.
    Todos se levantaron y durante algunos minutos se reconocieron los parientes vivos y “muertos” que se saludaron, pero evitaron distraerse del suceso divino. Fue entonces que Emmanuel volvió a tomar la palabra que llegaba a todos.
   – He aquí el día anunciado. Vine un día a dar el mensaje de mi Padre y me crucificaron, pero resucité y dejé sentencia de volver para comenzar una vida llena de gracia y felicidad. Ahora que ustedes los hombres, después de saber de los males y los bienes, después de haber errado el camino lograron instaurar por sí mismos una sociedad común y justa, debo, como conducto del Padre, premiarlos con la máxima razón que esté de nuestra parte.
    Ciertamente la humanidad, después de guerras y discrepancias, había ya logrado asociarse sin rencor. Emmanuel continuó con la palabra:
   – Este es el juicio final. En él comparecerán todos los que pisaron y transitaron por esta tierra. En él serán evaluadas las acciones de cada ser...
       
Continuar leyendo en el libro impreso La segunda muerte y otros cuentos

D. R. © Teófilo Huerta, 1986
D. R. © Plaza y Valdés, 2011


12 diciembre, 2012

Desde arriba


Una parte del globo se encuentra cubierta por un espeso manto de oscuridad. Otra, capta los rayos solares y se ilumina.
 Mis ojos atraviesan las densas nubes y recorren el verdor de la naturaleza. Veo agitarse a los pajarillos en un vuelo que no tiene fin. Los animales silvestres y salvajes transitan el silencio del campo.
 Algunos hombres descansan. Duermen su sueño cotidiano. Entregados a la magia nocturna, niegan por unos minutos su existencia y su diario trajinar. Otros despiertan y suspiran para recoger el aire incierto y pesado que rodea sus lechos. Hay quienes se asoman a la ventana y ven al cielo para imaginar que velo su descanso, preguntarse si están desamparados o, incluso, temblar de miedo.
 Un buen número de mortales gasta sus energías a plena luz del día. Hombres y mujeres trabajan en la oficina, la casa, la fábrica o el campo. Hay jóvenes que estudian y siembran las semillas. Niños que aprenden los contenidos de una vida a veces deliciosa, otras amarga debido al rencor, la envidia y el egoísmo de los propios seres humanos que no han aprendido a convivir y amarse.
 Y qué triste es ver a miles de individuos que se arrebatan la vida. Que por medio de las armas juegan a destruirse. Es la guerra que no conoce edad ni hora. Es la guerra, fría y anónima, cargada de ambiciones y cegada por la ira.
 En varios puntos de ese globo terráqueo, suspendido en el espacio, se escucha el detonar de las bombas. Yo me asusto, temo que en un instante el rugir del fuego creado por el hombre en su afán de poderío se extienda sobre la Tierra y la haga estallar.
 El hombre me enfrenta con odio y desdén. Pretende acabar con mi creación. No sabe que yo no he jugado al inventarlo, que su existencia es un regalo de amor que le he hecho con una entrega desinteresada.

D.R. © Teófilo Huerta, 1986
Cuento integrante del libro impreso  La segunda muerte y otros cuentos.


11 diciembre, 2012

Dios cibernético


Foto: UNAM (pág. web)
Dios encendió su computadora, entró a internet, hizo clic y apareció el hombre. Después oprimió la tecla supr y lo borró.




Cuento integrante del libro impreso La segunda muerte y otros cuentos.

D. R. © Teófilo Huerta, 2009
D. R. © Plaza y Valdés, 2011


04 diciembre, 2012

Un metro de su atención

FRAGMENTO

Línea 7, 31 de agosto de 2020
Raúl sube las escaleras y nota con emoción los cambios en el piso y en los barandales de la estación. A lo lejos distingue los cerros con sus grandes antenas televisoras y se convence de que es el mismo lugar que hace veinte años frecuentaba. Precisamente ha extrañado los puestos de tacos y golosinas y por la prisa apenas si ha reparado en las máquinas que los sustituyen. Su hermano le ha prestado su metrocard para el viaje de ese día...

Rosario, 8:30 A.M.
Raúl se acomoda en su lugar y se le antoja dormir, pero lo evita para no perderse las novedades que el viaje le pueda aportar.... Piensa que gracias a la modernidad la pobreza se ha desterrado y suspira con nostalgia y felicidad de saber que no verá subir a un sordomudo que reparta chicles para venderlos...
Tacuba, 8:36 A.M.
Ya espera en cada intervalo algo nuevo y quiere estar preparado para el comercial en vivo o la petición moderna de ayuda, pero adelantarse a lo que puede ocurrir es un asunto algebraico... Sigue con cautela a los que identifica como personajes fuera de lo común: un sacerdote católico con una copa y un acólito con una charola.
Raúl espera el mensaje grabado…
Locutor: El cada vez más acelerado ritmo de vida y las exigencias materiales que lo ocupan, no lo deben alejar de sus obligaciones espirituales.
(Nota de la quinta sinfonía de Beethoven. Énfasis del locutor)
—Si tú no vas a la Iglesia, la Iglesia viene a ti. Recibe una oblea y ¡purifícate!...
San Joaquín, 8:38 A.M.
Continúa el mensaje:
—Las hostias de la “Santísima Caridad” están adicionadas con proteínas, minerales y vitaminas, lo que además de ser un alimento para el alma, las convierte en un complemento alimenticio para el cuerpo. Pida su oblea y coopere con lo que sea su voluntad. Varios pasajeros solicitan la comunión y aportan su limosna. Auditorio, 8:42 A.M.
...De pronto surge el mensaje con música instrumental.
—Casandra, una de nuestras bellas féminas que lo esperan en el table dance más cerca de su hogar… aquí sólo una probadita.
La “bella fémina” danza y se detiene bruscamente ante los lugares de los caballeros para abrir su abrigo y dejar que le aporten algún donativo. Al llegar frente a Raúl hace la misma operación. Él, boquiabierto, ve los pechos desnudos y en la tanga sostenidos billetes y cheques. Por fin reacciona y presuroso saca su cartera que está vacía y en la emergencia lo único que se le ocurre es colocarle su metrocard....

Continuar lectura en el libro impreso La segunda muerte y otros cuentos

D.R. © Teófilo Huerta, 1996
D.R. © Plaza y Valdés, 2011
Reproducido con autorización de la editorial Plaza y Valdés.

04 octubre, 2012

100


Foto: Armando Tamés
Érase un hombre con ganas de escribir. Desde joven le había gustado. Tenía una inclinación especial por imaginar historias y plasmarlas en el papel. Con el tiempo había juntado varios cuentos, los había corregido, pulido y vuelto a corregir.
   Su máxima ilusión era ampliar el espectro familiar y amistoso de lectura, que sus narraciones pudieran alcanzar más cerebros y corazones, todo a través de la publicación de un libro formal.
    Hasta entonces sus lectores habían sido sus cuatro abuelos, dos padres, o sea, padre y madre, dos hermanas, siete tíos, trece primos, nueve sobrinos, cinco cuñados, dos concuños, una suegra, un jefe, doce ex jefes, seis maestros, cinco amigos, diez compañeros, diez alumnos, un taxista, un doctor, un párroco, un peluquero, dos agentes de tránsito, una esposa, tres hijos…ah, y un perro.
     Manos a la obra acudió a varias editoriales en busca de concretar su sueño:
-Toc, toc.
-¿Quién es?
-Un autor.
-¿Qué quiere?
-Publicar.
    Y las respuestas eran invariablemente: “no, gracias”, “vuelva otro día”, “tendríamos que evaluar su mercancía”, “por ahora estamos llenos”, “ya no moleste”.
     Pero un día, después de tanto trajinar, sucedió que…
      - Toc, toc
-¿Quién es?
-Un autor
-Ah, ¡bienvenido!, ¡pásele!
     Atónito por el gentil recibimiento del editor, su destino tomaba un sendero prometedor y a partir de entonces vino el conocimiento, el acuerdo y la feliz consecución de ver su libro publicado.
      Pero cuál no sería su sorpresa cuando el editor le comunicó que el tiraje de su libro sería de cien ejemplares.
      -¡¿Cien?! –preguntó desconcertado el escritor- y se apresuró a hacer rápidamente cuentas y ello apenas alcanzaría para sus cuatro abuelos, dos padres, o sea, padre y madre, dos hermanas, siete tíos, trece primos, nueve sobrinos, cinco cuñados, dos concuños, una suegra, un jefe, doce ex jefes, seis maestros, cinco amigos, diez compañeros, diez alumnos, un taxista, un doctor, un párroco, un peluquero, dos agentes de tránsito, una esposa, tres hijos…ah, y para el perro.
      Pensó que por más derecho que le asistiera para solicitar un tiraje mayor, debía aquilatar la oportunidad que se le brindaba de publicar por primera vez.
      Con entusiasmo y actitud positiva invitó a la presentación de su libro a sus cuatro abuelos, dos padres, o sea, padre y madre, dos hermanas, siete tíos, trece primos, nueve sobrinos, cinco cuñados, dos concuños, una suegra, un jefe, doce ex jefes, seis maestros, cinco amigos, diez compañeros, diez alumnos, un taxista, un doctor, un párroco, un peluquero, dos agentes de tránsito, una esposa, tres hijos…ah, y al perro.
     El día marcado llegó. Una presentación de gala. Comenzó su discurso al decir “que tenía guardados sus cuentos desde hacía varios años. Mantenía el deseo de publicarlos alguna vez, pero carecía de…”; bruscamente se interrumpió pues le sonó a un famoso cuento y le pareció detestable hasta el autoplagio.
    A la par de su nuevo discurso, olió fascinado la tinta de su propio libro, jugó con sus dedos entre las páginas, al llegar al final de ellas, posó sus ojos en el texto que daba fe de los detalles de impresión y entonces abruptamente detuvo su alocución y se concentró en su lectura. Se hizo un majestuoso silencio, el público pensó que el autor había hecho una pausa a propósito para dar un giro a su mensaje, pero no, él, sorprendido, seguía absorto y se cercioró de que la cifra del tiraje aunque contenía el número cien, era seguido por una coma y por tres maravillosos ceros. No daba crédito, y en silencio seguían sin parpadear sus cuatro abuelos, dos padres, o sea, padre y madre, dos hermanas, siete tíos, trece primos, nueve sobrinos, cinco cuñados, dos concuños, una suegra, un jefe, doce ex jefes, seis maestros, cinco amigos, diez compañeros, diez alumnos, un taxista, un doctor, un párroco, un peluquero, dos agentes de tránsito, una esposa, tres hijos…y el perro en posición de cazador.
     El escritor perdió mentalmente el hilo de su discurso, con una sonrisa que iluminaba todo su semblante y antes de ponerse de pie, sólo se limitó a decir: ¡muchas gracias!

D.R. © Teófilo Huerta, 2012

Cuento leído por el autor en la presentación del libro La segunda muerte y otros cuentos (Plaza y Valdés, México, 2011) en la Librería Porrúa sucursal Bosque de Chapultepec, el 12 de septiembre de 2012. 





02 enero, 2011

A la luna

Foto: José María Adame

De qué manera dichos idénticos pueden cobrar un significado diferente según las circunstancias.
Muy pequeño jugaba en el patio de la casa con mis hermanas cuando de pronto llegó aquel hombre cuarentón, avejentado por el alcohol, conocido de mi padre, a preguntar por éste.
– Oye güerita –dijo a una de mis hermanas el hombre ligeramente ebrio– ¿está tu papá?
– No, no está.
– ¿No sabes si regresará pronto?
– No sé –respondió mi hermana con toda naturalidad–, se fue a La Luna.
– ¡Ay güerita!, ¡qué graciosa!, dime la verdad.
– En serio señor Lovera: fue a La Luna.
Pese a su estado inconveniente, el hombre no insistió y se retiró.
Lo que el señor Lovera no supo sino hasta que volvió a ver a mi padre es que en efecto mi hermana no había mentido: por boca de él se enteró que efectivamente había ido a La Luna, una prestigiada panadería de la época.

El tiempo habría de repetir la búsqueda y la respuesta.
Una fría tarde jugaba yo solo con mis cochecitos en el mismo patio cuando el señor Lovera planteó la misma pregunta.
– ¿Está tu papá?
No pretendí tomarle el pelo –del que además el hombre carecía– y ni siquiera recordaba en ese momento la anécdota anterior, sino que al indagar sobre mi padre de súbito tuve una inspiración filosófica y con naturalidad respondí:
– No, se fue a la luna.
– ¡Ah!, ahora sí ya sé, fue por pan, ¿no?
Con toda mi inocencia e ilusión a cuestas alcé la vista y con mi dedo índice señalé al firmamento, en el que ciertamente ya asomaba el argentino satélite y otros luceros.
– No, allá está… Dice mi mamá que ahora seguramente es una estrella desde la que nos cuida.

Cuento integrante del libro impreso La segunda muerte y otros cuentos
D.R. © Teófilo Huerta, 2010
D.R. © Plaza y Valdés, 2011
Reproducido con autorización de la editorial Plaza y Valdés

24 diciembre, 2009

Cuarto para el ratito

(Imagen: El rincón de Susu)


FRAGMENTO

En un principio la verdad es que hubo una enorme confusión y un descontrol generalizado. Las mamás confiadas llegaron tardísimo por sus hijos. Los pacientes tuvieron que serlo doblemente ante el inexplicable retraso de los médicos. Las propias operaciones quirúrgicas se retrasaron. Las citas de negocios se trastocaron y las de comida casi se convirtieron en cena. Los bancos y oficinas de atención al público ante el beneplácito de éste extendieron sus servicios por más tiempo... pero sólo para información pues sus sofisticados sistemas no funcionaban adecuadamente. Las bolsas de valores no podían cerrar oficialmente su jornada pero igualmente quedaron suspendidos sus movimientos. La gente atestaba terminales de autobuses y aeropuertos en espera de abordar los vehículos que no tenían para cuándo.
    Todo comenzó como una increíble coincidencia o producto de la premonición publicitaria: todos los relojes del mundo pararon justo al diez para las dos de la tarde, o a las dos menos diez p.m., o a las trece cincuenta. Se tratara de relojes o cronómetros mecánicos, de cuarzo, digitales, atómicos, vaya hasta solares y de arena; de pulsera, de pared, cucús, despertadores; en celulares o computadoras; en la casa, la oficina, la calle o el auto....
     Desde que en alguna época las últimas noticias revelaron que nadie moría, hecho que prevaleció por varios días, no se había dado una situación de tal magnitud. Los relojes de las iglesias y de algunos edificios públicos como el Big Ben ya no tocaban cada hora o cada cuarto de hora. Parecía que el tiempo se había detenido, sin embargo la vida continuaba, ella no estaba paralizada sino solamente alterada, lo único que se había detenido era la herramienta para medir el tiempo, porque finalmente éste transcurría.
     Por más que las personas movían las manecillas, daban cuerda o cambiaban pilas, los relojes nomás no trabajaban. Nadie encontraba una explicación satisfactoria que iba desde una concentración magnética hasta una interferencia satelital, pasando por las manchas solares, la contaminación, el hoyo en la capa de ozono, la excesiva humedad (que de alguna manera aplicaba a que la arena no corriera en los recipientes de los relojes de ese tipo), la sofocante nubosidad (que perjudicaba a la lucha por hacer trabajar a los relojes de sol) o una combinación de todas ellas...

Continuar lectura en el libro impreso La segunda muerte y otros cuentos

D.R. © Teófilo Huerta, 2009
D.R. © Plaza y Valdés, 2011
Reproducido con autorización de la editorial Plaza y Valdés

01 agosto, 2009

Ciudad en cenizas

(Imagen: Cuando sea tarde, óleo,
 
Virginia Palomeque, Argentina)

FRAGMENTO

Eran las cinco cincuenta y cinco de la tarde. Prevalecía un ambiente enrarecido y asfixiante. Muy pronto al avanzar y cruzar algunas calles me percaté que a lo lejos las llamas consumían la cúpula de un alto edificio del diario El Reformador. Mi estómago dio un vuelco pero seguí adelante convencido de que pronto sería sofocado.

    Como autómata en lugar de continuar mi acostumbrado camino, enfilé hacia el lugar del siniestro, movido por el seguro escenario espectacular de los bomberos y las cámaras televisivas.
    Pero conforme avancé y el edificio se me hacía menos distante, descubrí con sorpresa que un salón de fiestas que lo antecedía también era consumido por el fuego. Lo más increíble era que no se podía tratar de una extensión del incendio del periódico hacia el salón pues había de por medio un par de cuadras. Por mi mente atravesó la idea de algún atentado pero era poco probable pues mis oídos no habían registrado alguna explosión.
    Lo que sí comenzó a conformar mi paisaje sonoro fue el ininterrumpido ulular de las sirenas. Era un concierto estremecedor en varios planos pues a lo más remoto esos artefactos no paraban de sonar.
  A medida que avanzaba fui descubriendo un panorama nada reconfortante. Ahora más llamas lucían a lo lejos en puntos distantes. Mi visión ya no advertía la ubicación precisa de esos otros incendios pues una inmensa nube de humo me lo impedía.
    El característico olor y el consecuente ataque de asma me impidió avanzar más, aunque ya casi estaba al pie del salón donde una mujer ejecutiva a pesar de su desesperación y resistencia era convencida de abandonar la todavía incólume planta baja.
   Fue allí donde de golpe alcancé a recibir un chorro de agua disparado desde las alturas por los bomberos. Fue muy refrescante, advertí que no sólo llevaba en mi cuerpo el calor del incendio, sino que éste ya me acompañaba desde mi salida de la oficina. Era una tarde singularmente calurosa...

Continuar lectura en el libro impreso La segunda muerte y otros cuentos, Plaza y Valdés, México, 2011

D.R. © Teófilo Huerta, 2009
D.R. © Plaza y Valdés, 2011
Reproducido con autorización de la editorial Plaza y Valdés.

Publicado en revista El Búho, julio de 2009.

25 enero, 2009

Que los cumplas feliz


Foto:Caras Ionut
FRAGMENTO

Sobre aquella larga mesa de madera posaba el enorme pastel circular que Carmelita había preparado afanosamente. Sus manos le habían transfundido sangre de su corazón eternamente ligado a su bisabuelo. Sobre el pastel tumultuosamente agolpadas las 115 velitas pacientemente colocadas por los tataranietos.

Fermín estupefacto contempló la escena, mas su rostro no expresaba ni un dejo de felicidad, ésta ya se le había agotado años atrás. Sus ojos cataratosos aún divisaban, mecánicamente, sin la avidez con que en la infancia descubría su entorno: rostros, figuras, paisajes, sin la curiosidad con que armaba rompecabezas, escudriñaba canicas, delineaba contornos en una hoja de papel, carente de la sorpresa de reflejarse en otros ojos; tampoco con el morbo aprendido para deleitarse con unos labios femeninos, unos senos o unas caderas; menos con la pasión juvenil de capturar paseos, jardines, playas, fiestas, amores y de hacer registros nemotécnicos y fotográficos; ya no con la emoción para atestiguar el nacimiento de sus hijos y los juegos de sus descendientes, menos con la templanza adulta para observar el entorno y valorar la importancia de la vista, ni siquiera con la nostalgia de repasar viejas fotografías y examinar los rostros de sus descendientes. No, ya no, sus ojos opacos, casi estáticos, eran meras cámaras para enfocar el momento y punto y aparte.

El entusiasmo de toda la parentela era patente, la atmósfera se llenaba de la gritería de los niños, la plática y risas de los demás, los aplausos, los gritos y por supuesto las desentonadas Mañanitas cantadas por todos. Y Fermín escuchó, sin la nitidez de antaño, sin separar los sonidos, como un escándalo de bulto; escuchó sin perturbarse, sin emocionarse, ni siquiera fastidiarse. No escuchó con la sorpresa que le causó el movimiento digestivo y los retumbantes latidos de su madre, ni con el susto de su propio llanto, las primeras voces ininteligibles; tampoco con la paz que le provocaban los arrullos, menos con el interés por captar los deletreos y las agradables diferencias entre vocales y consonantes; tampoco con el interés que le producía escuchar su nombre que le daba identidad; menos aún con la desenfrenada pasión por un disco a alto volumen, ni con la conmovedora y tersa disposición para captar muy cerquita del oído un “te amo”, lejos también del interés por el romper de una ola, el silbido de un pájaro, el ququiriquí madrugador de un gallo, el mugido de una vaca, el tañido de una campana en un apacible poblado; ni siquiera con la excitación que le provocaba un jadeo, ni la ternura que le despertaba un incipiente llanto de bebé; tristemente tampoco por la paz que le inspiraba la recitación de un poema. No, ya no, sus oídos ubicados en sus cada vez más grandes orejas, casi sordos, eran meros radares para apenas distinguir y punto y aparte.

Un aroma de antojitos y buena comida, de aire fresco y cordial privaba el ambiente...

Continuar lectura en  el libro impreso La segunda muerte y otros cuentos

D.R. © Teófilo Huerta, 2007
D.R. © Plaza y Valdés, 2011
Reproducido con autorización de la editorial Plaza y Valdés.

Publicado en el Universo de El Búho, No. 102, noviembre de 2008 (versión pdf)

07 abril, 2008

A la conquista del territorio vendido




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FRAGMENTO

A decir por sus hábitos, sus ropas y sus gustos, hay hombres en esta tierra (al menos en este territorio para unos con figura de cuerno retorcido) que viven en la abundancia, sin embargo otros padecen inseguridad, dolor, miseria.
     Estos últimos se ven impresionados por el avance tecnológico del país vecino, por su libertinaje y lujo y, sobre todo, por el imán del papel verde que sin modificar su tamaño crece continuamente con respecto al insignificante peso del peso.
    Esta es la historia de un hombre de cuarenta años, uno más que se atrevió a cruzar la frontera norte. Y el atrevimiento no fue tanto porque padeciera las inclemencias del desierto, la amenaza del río, el peligro de ser cazado como un pato por los minuteman, o apresado por los policías, no que va, si él pasó tranquilito por las aduanas aeroportuarias como todo un ejecutivo, el atrevimiento radicó en la locura de su objetivo....

   
    La idea le surgió en una de esas veladas entre profesionistas de su área, cuando un grupito con copa en mano se puso a opinar con ambiciones políticas de la situación económica del país, que el desempleo, que la inflación, que la sucesión presidencial, en fin, hasta que alguien le echó la culpa de todos los males al poderoso vecino del norte y entonces no faltó quien recordara las continuas intervenciones que dicho vecino ha tenido en nuestro territorio, a tal grado de habernos quitado parte de él. La discusión, como todas las precedidas por el alcohol, se dividió, y algunos recriminaron la posición del vecino poderoso, otros criticaron la flaqueza del gobierno que vendió parte del suelo patrio y algunos que, incluso, opinaron que esa había sido una medida ejemplar que ante la actual deuda debía ser nuevamente tomada y que mejor sería ir aprendiendo el inglés para no sufrir como los latinoamericanos que viven en el sur de los Iunaited Estéis.
    ¿Minoría la latinoamericana?, se preguntó, ¡vamos a ver!, amenazó y desde ese momento, lleno de rabia y seguridad en sí mismo, se dispuso a concretar su plan, sin sentirse héroe “porque la época ya no está para eso”. Así tomo Antonio la firme decisión de reconquistar el territorio vendido.
     Su destino elegido fue Los Ángeles....
    Cerró los ojos durante el vuelo y durmió. Y el viaje se convirtió en una estancia permanente. Primero se acomodó plácidamente en un hotel y como ermitaño comenzó a tejer su estrategia. Sacó su as bajo la manga, es decir sus recursos bien resguardados y sus proyectos de inversión, además por supuesto de sus conocimientos informáticos...


Continuar lectura en el libro impreso La segunda muerte y otros cuentos

D.R. © Teófilo Huerta, 2006
D.R. © Plaza y Valdés, 2011
Reproducido con autorización de la editorial Plaza y Valdés.

04 abril, 2008

Huracán

(Foto: Wikipedia)


FRAGMENTO

Depto. 2
Veracruz, Ver., 2025

El norte ha azotado inclemente la ciudad. Pero ¿cuál ciudad existe para Inés? Las roídas paredes de su apartamento son los mismos límites de su existencia. La caliche se desprende y forma parte de las incontables páginas de sus libros.
     Para Inés estudiar no es ni un deber ni una virtud, más bien es su refugio. Para ella no hay vecinos, ni vida externa. Todo se lo llevó la muerte de su abuela a quien siempre sirvió.
    Allí, sometida al yugo de las palabras, Inés presta sus ojos a las líneas de los libros que jamás devolverá a la biblioteca. La verdad no lee, recorre párrafos y más que entenderlos se inmiscuye en ellos.
    Ahora, ¿hay ahora?, Inés sólo recorre, cien, doscientas, mil veces las líneas. Prófuga del pasado y del presente, sólo repite historias ajenas y se involucra con personajes ficticios. Inés no es la misma.

Depto. 102
Veracruz, Ver., 2026

Traza líneas como se lo dicta el pulso, sobre la grisácea superficie que antes diera vida a tantos proyectos de edificios, centros comerciales, casas y hasta monumentos.
     Ernesto se rasca la cabeza, la comezón se lo come de tantos años de no bañarse, desde aquel día en que la tubería se rompió y dejó escapar hasta la última gota de agua.
     Se angustia ante el restirador, las ideas no le fluyen. Pareciera que tuviera la presión por cumplir con una entrega. Arroja el lápiz desesperado y con la regla rompe la hoja, la arranca y tras suspirar en busca de serenarse, apoya nuevamente sus manos ante la siguiente hoja en blanco, toma otro lápiz y parece que por fin surgen hábiles los trazos y nace el bosquejo de un parque de diversiones.
     La sonrisa se dibuja en el rostro de Ernesto, se fascina por su diseño y a la par que define detalles, recrea con su mente los años de su infancia, cuando él se llenaba tanto de sube y baja, columpios y resbaladillas y soñaba con cohetes ya rtefactos espaciales que lo separaban de la Tierra y le abrían otros mundos, otras sensaciones e ilusiones.
    Vuelto a la realidad, la sonrisa se le descompone en profunda tristeza y la lágrima que se le escapa va a parar justo a un columpio que se deshace...
   El perfil de Ernesto extiende su lágrima sobre el dibujo y borra toda la estructura del columpio. Otras gotas caen en la resbaladilla, en las columnas tipo caramelo de la entrada, en el techo del restaurante y el huracán llega con la revoltura de los mocos y de los soplidos con saliva que la trágica cara de Ernesto expulsa ya sin consuelo...

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D.R. © 1993 Teófilo Huerta
D.R. © Plaza y Valdés, 2011
Reproducido con autorización de la editorial Plaza y Valdés.

Publicado en la revista El Universo de El Bhúo, No. 94, marzo de 2008 (Versión pdf )

02 octubre, 2007

La agenda


(Imagen: "Castillo de ilusiones", Erick David Basilio Silvestre)

FRAGMENTO

Francisco se ocupaba desde hacía muchos años de agendar meticulosamente todas sus citas y actividades, fueran laborales, sociales o privadas.


Tenía una profunda fascinación por las agendas. Era como tocar el tiempo en su conjunto, el pasado, el presente y el futuro.

Regaladas o compradas, siempre elegía con anticipación la agenda del próximo año y se deshacía por estrenarla.

Aunque las prefería por semana, un fin de año encontró una que era por días que le atrajo mucho y la adquirió personalmente. Apenas comenzó el siguiente año, destruyó parsimoniosamente su agenda vieja y a la nueva la colocó estratégicamente sobre el escritorio de su oficina y comenzó así a programar sus pendientes, obligaciones y compromisos; su vida toda...

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D.R. © Teófilo Huerta, 2003
D.R. © Plaza y Valdés, 2011

Publicado en la revista Universo de El Búho, No. 84, abril de 2007. (Versión pdf)

21 junio, 2006

¡Últimas noticias!




Festival de Bregenz. Página Fotógrafo-manía en Facebook



Cualquier semejanza con una novela de Saramago NO es coincidencia.


Los científicos, los religiosos y el hombre en general, no se explicaban las causas de tan singular fenómeno que afectó a toda la Tierra y puso en peligro la vida de sus habitantes, su estabilidad, su congruente equilibrio ecológico y su capacidad para albergar tantos seres.

      El hecho ocurrió de pronto en todos los países, en unos de día en otros de noche. La noticia se comenzó a difundir y parecía meramente local, pues la gente, cansada de leer, oír y ver informaciones sobre las guerras de Medio Oriente y Centroamérica, las amenazas de una guerra radioactiva, las alzas en las tasas de interés para las deudas de los países subdesarrollados, los golpes de Estado y la intervención extranjera, no daba crédito a los titulares de los periódicos de ese día: “NO MURIÓ NADIE AYER!”, “NINGÚN ACCIDENTE NI DEFUNCIÓN”; sin faltar aquellos encabezados ingeniosos: “THANATOS VENCIDO”, “LA TILICA Y FLACA DE VACACIONES”.
      Semejante hecho sí era una noticia, por todo lo que de novedad contenía. Los noticieros radiofónicos y televisivos ampliaban la información, ante un público expectante y sorprendido.
     - “Confirmado –decía el carismático y confiable locutor-, el día de ayer no se reportó ningún homicidio, suicidio ni accidente imprudente en delegaciones o juzgados…Nuestros reporteros realizan en este momento una acuciosa investigación en todos los velatorios y hospitales, pues, al parecer, ayer tampoco murieron enfermos graves”.
     En las oficinas, en las escuelas, en los cafés y en los vecindarios, todo mundo comentaba el acontecimiento, pero en un ambiente sereno, puesto que se temía escuchar en pocas horas las mismas noticias de siempre. El suceso se consideraba ciertamente extraordinario, pero al fin y al cabo pasajero.
      Sin embargo, el público se enteraba de más reportes sobre el asunto. A dondequiera que se moviera la aguja del radio o el selector de canales del televisor, los periodistas daban pormenores del que ya era considerado todo un fenómeno.
      - “Nos enfrentamos a un hecho sin precedentes, son ya 48 horas sin que se registre una muerte, no sólo en nuestro país, pues según los cables de las agencias internacionales, éste es un caso mundial”.
      - “Esto es algo insólito, los hospitales comienzan a quedarse vacíos, pues los pacientes sanan milagrosamente y en las últimas horas no se registra ni un catarro, ni una diarrea”.
      - “Noticia de última hora: la ausencia de fallecimientos no se restringe solamente a una potente y misteriosa capacidad del organismo a regenerar sus funciones en el caso de los que estaban enfermos y a evitar la entrada de virus en el caso de los sanos, no, lo más increíble es que el ser humano se ha hecho invulnerable a los accidentes y a las balas de acuerdo con los últimos informes de nuestros reporteros”.
     - “Desde el kilómetro 25 de la carretera México-Cuernavaca les comunicamos sobre el violento choque entre dos autobuses de pasajeros en el cual los vehículos quedaron prácticamente deshechos, pero sus ocupantes están ilesos, repito, los ocupantes de los dos autobuses que acaban de chocar están ilesos”.
      Por su parte, las empresas periodísticas comenzaban a tener un gran auge; se tiraban ediciones especiales que se vendían en enormes cantidades. Los encabezados seguían siendo sumamente llamativos: “EUFORIA MUNDIAL”, “¡SOMOS INMORTALES!”, “¡SÓLO FALTA QUE RESUCITEN LOS MUERTOS!”.
      Un ambiente de fiesta surgió en todos los hogares, en muchos de ellos había auténtica algarabía. Los más felices eran aquellos que en un par de minutos abandonaban los sanatorios donde eran tratados de incurables males del corazón, de los riñones, de la vesícula; parecía que por fin el cáncer y el sida habían sido derrotados. También eran dichosos aquellos que a pesar de ser atropellados, fusilados, navajeados, ahorcados y ahogados, estaban enteramente sanos.
       El júbilo era casi general, aun los que no habían atravesado por peligro alguno se sentían seguros de que nada les pasaría. Los niños jugaban sin cansarse y repetían las frases de los adultos: “no vamos a morir, no vamos a morir”. Los jóvenes vaciaban materialmente las vinaterías y además de emborracharse profusamente (las crudas habían desaparecido), rociaban el contenido de las botellas sobre su cabello. Los ancianos, estupefactos e inyectados de energía, bailaban, cantaban y no paraban de platicar acerca de sus proyectos a largo plazo.
     - Tenemos tantos años por delante Juventino –decía entre suspiros una viejecita.
    - Tantos no Mariquita, tenemos todos, ¡todos los años por delante!
    - Es verdad Juventino, quién lo iba a decir ¿verdad?
    - Pues usted dice Mariquita, ahora que tenemos todos esos años y hemos recobrado fortaleza, podríamos ser muy felices juntos…
     - ¡Ah que don Juventino, no haga que me sonroje!
     Hombres y mujeres festejaban velada tras velada su inmortalidad, ebrios de dicha rompían calendarios y los lanzaban al viento, otros, seguros de la eterna prosperidad se sus negocios se atrevían a regalar billetes a los limosneros que aún no acertaban a definir su situación, pues a pesar de tener garantizada su salud, no dejaban de padecer la indiferencia de la sociedad.
     Los más contentos, sin temor alguno, se subían a lo alto de los edificios para aventarse una y otra vez. Todos los sitios estaban convertidos en verdaderos centros de variedades, incluso en las iglesias los fieles alababan con gritos a Dios, a pesar de la prudencia que los padres invocaban.
     Aunque en los noticiarios y en programas especiales se trataba de dar una explicación al fenómeno, a la gente sólo le interesaba disfrutar de su nueva condición y ni siquiera daba crédito a los rumores de que esto fuera eventual.
     -“Algunos científicos de Massachussets –apuntaban los locutores- opinan que el actual fenómeno de supervivencia puede estar ligado a la existencia de sustancias químicas hasta ahora desconocidas, desprendidas con el reciente nacimiento del volcán Pipiolo en Sevilla…
“Otra de las teorías es la que mantienen especialistas de Moscú, quienes atribuyen la existencia del fenómeno a una variación de la órbita de la Tierra, provocada quizá por la interferencias de tantos satélites espaciales…
“Por su parte, Su Santidad declaró en El Vaticano ante una multitud de fieles, que hoy como ayer, cualesquiera que sean las condiciones materiales que subsistan, no hay que dejarse tentar por las cosas mundanas que nos ofrecen una relativa felicidad y que, ante todo, más que festejar una presunta inmortalidad del cuerpo, hay que preocuparse por la salvación del alma…
“Tanto los científicos como el Papa, tienen sus reservas acerca de que este fenómeno sea efectivamente perenne”.

     Sin embargo, pronto comenzaron a manifestarse conductas que nadie había previsto y que ocasionaban serios problemas a las autoridades de cada país, de cada región, de cada pueblo.
    Los médicos estaban desesperados por no poder atender ni una herida, ni un dolor de cabeza, ni siquiera una fractura; el organismo humano se había vuelto perfecto. En estas condiciones, algunos doctores prefirieron dedicarse únicamente a partos, mientras que otros intentaron ejercer diferentes actividades, lo mismo que los empleados, gerentes y dueños de velatorios y panteones. Incluso muchos de los nuevos y lujosos cementerios, se convirtieron en clubes de golf y en centros recreativos privados.
      Las empresas de seguros de vida ya no tenían clientes y resentían quiebras igual que muchos laboratorios farmacéuticos. Por su parte, los policías trabajaban horas extras para rastrear y atrapar a ladrones que, confiados en no convertirse en asesinos, obligaban a sus presas por la fuerza solamente, a entregar sus bolsos, carteras y joyas.
     Conforme pasaban las semanas, la situación se hacía más complicada. Muchos jerarcas políticos, azorados por la presencia inusitada del fenómeno, prefirieron hacer una tregua indefinida en los campos de batalla. No obstante, otros líderes con su mentalidad expansionista, optaron por ordenar a sus soldados luchar primitivamente cuerpo a cuerpo y colocar ingeniosas trampas para cautivar al mayor número de enemigos.
      A pesar de que la humanidad estaba relativamente más unida y su principal meta era vivir, vivir y vivir, las relaciones diplomáticas entre los países no variaron mucho, pues con muertos o sin ellos, los ambiciosos intereses de ciertos estadistas se mantenían inalterables.
     Muchos problemas dejaban de serlo en estas condiciones. Ya no existía el drama de la falta de alimentos y la desnutrición; los seres humanos vivían aunque no probaran un bocado. La contaminación ambiental ya no amenazaba a los pulmones de los habitantes; se incrementaba el número de fumadores y bebedores sin perjuicio de su salud.
     Pero nuevos problemas se generaban: la producción de alimentos ya no tenía la misma demanda, la balanza comercial entre los países sufría por lo mismo un notorio desajuste. Y ni qué decir de la producción de armas bélicas, base económica de las potencias mundiales; ahora esta rama estaba totalmente paralizada, a nadie se podía matar y ello ocasionaba drásticos cambios en los movimientos financieros del mundo entero. Era la recesión más grave que había padecido la humanidad.
      Con este panorama de desestabilización tanto política como económica, la inmortalidad era una nueva amenaza para la paz social. En cada región la gente resentía los efectos de la crisis: el desempleo se agudizaba terriblemente, el nivel de vida bajaba en forma sensible, la lucha de clases se polarizaba más que nunca.
     Cuando terminaron las manifestaciones de euforia por la inmortalidad, lo cotidiano resultó más angustioso. La ambición por el poder y las cosas materiales crecía, la competencia en todas las esferas de la vida era más evidente. Todos querían vivir pero vivir bien, tener el mejor puesto, las mejores oportunidades, el mejor porvenir…y la realidad era otra: la gran mayoría podría vivir, pero mediocremente.
     Las disputas por envidia, egoísmo y miedo se suscitaban hasta en el más pequeño rincón de la Tierra, entre socios, amigos, esposos, padres e hijos.
      - Andrea, no me puedes abandonar, juraste amarme toda la vida.
      - Pero Felipe, ¿no te das cuenta que ahora no hay muerte que nos separe?
      Los compromisos nupciales entraban en desuso, las herencias ya no funcionaban y los supuestos beneficiarios tenían que rascarse con sus propias uñas. Los abogados se arrancaban el cabello para resolver si era de justicia aplicar más penas de “cadena perpetua”.
      Mientras la tasa de natalidad crecía, la de mortalidad ya no existía. El mundo se poblaba aceleradamente, se había roto cualquier pronóstico que de por sí era alarmante.
      En forma paradójica, aun sin bombas radioactivas y de neutrones, la Tierra carecía de paz. Era difícil pensar en un solo ser que pudiera estar tranquilo, alegre. Reinaba la incertidumbre, todo el mundo comenzaba a inquietarse por la forma de vivir su inmortalidad, de sacarle ventaja a los demás. El caos era aterrador. Se respiraba tensión.
      A pesar de estar garantizada la salud física de los humanos, poco a poco se empezaron a registrar desequilibrios mentales a raíz de la intensa angustia que privaba entre la gente. Los psiquiatras que ya se dedicaban a otras tareas volvieron a ser solicitados por clientes ansiosos de hallar la paz. Con los psicoanalistas, los pacientes deseaban encontrar una respuesta al qué hacer con su inmortalidad en un mundo desquiciado y conflictivo.
      La angustia de las personas no se quedó en los consultorios sino que, ante el pánico de los demás, los manicomios volvieron a llenarse. Los nervios atacaban inmisericordemente. Esto asustaba más a la gente, ¿de qué servía vivir eternamente en un estado de neurosis?
      Los habitantes estaban desilusionados, confundidos, atrapados de por vida en un planeta desconcertante.
      De pronto, después de quién sabe cuántos días o meses, en una ciudad en la que se construía un edificio, un trabajador, tras caer desde un piso doce, no se levantó de la acera. Tímidamente la gente se acercó y rodeó al hombre. Estupefactos, incrédulos, paralizados, todos clavaron su mirada en el hombre inmóvil; nadie lo quería tocar. Por fin un valiente se hincó, tomó el pulso al trabajador y atónito se dirigió al grupo y dijo:
      -¡está muerto!
     En diferentes sitios se sucedieron, uno tras otro, casos similares. Por aquí un infartado, por allá un atropellado, un incinerado, un ahogado. Cuerpos a los que se les desprendía el alma ante la expectación de la multitud.
     De emergencia volvieron a abrirse hospitales, salas de inhumación y panteones. Una rara paz cargada de misticismo y resignación envolvía el ambiente. Los encabezados de los periódicos aludían de nueva cuenta a los conflictos bélicos, los discursos políticos y las alzas de precios.
     Sin manifestaciones de júbilo, pero tampoco de desesperación y llanto, los seres de todos los confines acogieron la vuelta a la normalidad y, más que eso, a la naturalidad.
     La vida en todos sus órdenes se comenzó a reorganizar. Volvieron antiguos conflictos, pero ahora la gente contaba con una voluntad especial para superarlos dentro de sus propios límites, los límites que impone la mortalidad.

Participante en el
Primer Concurso Nacional de Cuento
de Ciencia Ficción organizado
por la representación del CONACYT
en Puebla (1984)

Cuento integrante del libro impreso La segunda muerte y otros cuentos
D.R. © 1986 Teófilo Huerta
D.R. © Plaza y Valdés, 2011
Reproducido con autorización de la editorial Plaza y Valdés. 



Impreso en 1987 por Ed. Quetzalcóatl
Publicado en la revista El Universo de El Búho, No. 73, abril 2006

Las intermitencias de las letras

(Pintura, Virginia Palomeque)
Con dedicatoria especial a José Saramago

El señor A es un desconocido. El señor B es Bastante prestigiado y famoso. El señor A es de la tierra Azteca. El señor B tiene origen portugués.

El señor A se viste sencillamente. El señor B se disfraza de luchador social. El señor A camina satisfecho. El señor B avanza pero tropieza miopemente.

El señor A en su vértice crea una modesta pero original Obra. El señor B desgastado por los años con gula se come la O del señor A, la deglute, la descompone y la Excreta.

Esa E del señor B se disemina por todos los confines de la Tierra con todo y O pero sin la firma del señor A. El señor A sólo observa la descomposición en que se ahoga su O y busca sacarla de la inmundicia. La tarea no es sencilla, pues al señor B también se le ha perdido su O de Originalidad.

Pero para el señor A no todo está perdido porque en su vértice recrea su O y la sabe suya. Mientras que el señor B se autoengaña con la prestada fama que le da la O de la A y sigue sin rescatar su O.

Basta con que alguien crea y reconozca la O del señor A, pero ¿podrá alguien ayudarle al señor B a encontrar su O?

D.R. © 2006 Teófilo Huerta
Publicado en la revista El Universo de El Búho, No.79, octubre de 2006

La mujer rojinegra




Foto: Caras Ionut
 FRAGMENTO

Contaba con tiempo de más para regresar a su oficina, así que aprovechó para hojear algunos libros en aquella tienda donde antes había comido.

No tenía una preferencia particular, lo mismo pasaba de un libro de ciencia ficción, a uno de algún clásico y a otro sobre superación personal. Tomaba cada libro, leía la contraportada y si le interesaba iba al índice y de ahí a algunos párrafos al azar.

Realmente mantenía la concentración y no levantaba la vista sino para ver títulos. De pronto sintió una mirada que lo hizo voltear, buscarla y encontrarla reflejada en la columna de espejo. Era la imagen de una bella joven de cabello castaño, vestido rojo con suéter y botas negras que a unos diez metros revisaba unos bolsos.

Nervioso, quiso sostenerle la mirada a la chica, también espejo de por medio, pero ella fingió entonces indiferencia. Volvió al libro que sostenía en las manos, pero las letras que sus ojos advertían ya no eran registradas pues su cerebro le ordenaba pensar en la mujer.

Se animó nuevamente a buscar los ojos de la joven y los ubicó en otro ángulo del espejo. Ella esbozó una sonrisa y él jaló aire para evitar sonrojarse antes de devolverle el cumplido. La mujer rojinegra se desentendió y avanzó algunos pasos para ver ahora unos cinturones.

Ya interesado, también él caminó hacia otro pasillo hasta quedar con otra cara del espejo de frente para no perder de vista a la chica. Quería de plano dejar el libro, pero lo sostuvo como pretexto para no verse ridículo...

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D.R. © Teófilo Huerta, 1997
D.R. © Plaza y Valdés, 2011


Publicado originalmente en la revista Macrópolis
Mención Honorífica
Certamen El Cuento Triste
Reforma/Alfaguara
1997






El gol de la revancha


Imagen: Banquilleros.com

Tocó el balón con cariño, pero a la vez con rigor, para evitar su desobediencia: bien educado le sabía responder. Así, logró dar el pase preciso a la entrada de su compañero que hizo lo mismo para centrar a media altura justo a la llegada del tercero que conectó un remate al ángulo de la portería, donde se anidó el esférico.
   Una y otra vez, en la tierra o en el lodo, en algún maltratado césped, pero más en el mismo cemento, se batió con enjundia en pos de dominar la pelota, de conducirla, pasearla y golpearla con furia al momento de dejarla libre, siempre en busca de la meta contraria. No obstante, también fue golpeado por muchas pelotas, como producto del cañonazo contrario.
    Y así, entre tareas y recreos, en días de descanso o en ratos libres o robados a las responsabilidades, se confabuló con otros púberes para jugar hasta la saciedad y quedar algunas veces altamente gratificado por un resultado positivo o malhumorado por la derrota pero ansioso de encontrar la revancha.
    Los años le brindaron alegrías, tantas como las que su cuerpo pudo aguantar más allá de los cincuenta. No obstante, a la par de su emoción que incluso proyectó al apoyar al equipo elegido en los estadios o por el aparato televisor, siempre conservó una especial amargura: no haber sido futbolista profesional.
    Sin cegarse tampoco, mantuvo siempre la mesura y continuó identificándose con los futbolistas famosos y se deleitó con jugadas, repeticiones, crónicas, eliminatorias y todo lo que oliera y supiera a ese deporte, no sólo físico sino existencial, como si cada balón encerrara secretos, anhelos y sorpresas.
    Al llegar al mundo su vástago varón, se soñó jugando futbol con él y sin obsesión, pero sí con ilusión, lo pensó quizá como esa revancha tan anhelada. Sin presiones, alentó con denuedo en su hijo la misma pasión. Poco a poco lo llevó del asombro a la curiosidad y luego al interés y de ahí al gusto hasta lograr materialmente la adicción.
    Fue así como el muchacho se alimentó de futbol y creció con él. Sin descuidar sus estudios, el chamaco pronto se enroló en un equipo que terminó por formarlo en el mágico deporte.
    La chiquillada que comenzó a rodear al prospecto de futbolista profesional lo bautizó como Pópolo, apodo que posteriormente lo identificó a plenitud con sus seguidores.
    Pópolo continuó exitosamente con sus estudios de biólogo marino y los combinó diestramente con sus prácticas futbolísticas. Orgullo de sus padres, despuntó como delantero a nivel club y de selección. Sus goles eran festejados con intensidad y júbilo.
    El hombre ya viejo tuvo la satisfacción de sentirse prolongado en su hijo, de sentirse correr sobre el acolchonado césped que él siempre soñó desde el pavimento; de pelear y buscar afanosamente el balón como si fuera un miembro suyo; de burlar al enemigo en un acto prodigioso de audacia y pericia y de rematar contundente contra las redes para levantar al unísono el alarido de la multitud.
    Su gusto fue mayúsculo cuando, convocado a formar el equipo que representaría a su país en la Copa del Mundo, su hijo cruzó el mar con la mente puesta en las porterías rivales. El padre, acompañado de su esposa e hija, no pudo dejar de asistir a los partidos donde debía dejar el alma por apoyar a su selección y a su hijo.
    La fiesta deportiva no le pudo deparar más felicidad al hombre futbolero. Por primera vez en la historia, su país transformado en camisetas y calzoncillos,  llegaba a una final y su hijo con el relumbrante número 9 había contribuido a semejante hazaña, que no estaba completa porque el “ya merito” amenazaba con sólo acariciar las mieles del triunfo.
    El encuentro final había llegado. El estadio estaba repleto y entre extranjeros y partidarios rivales, un grupo de seguidores de la causa patria alentaba a los suyos, entre ellos, el hombre sesentón, con los ojos puestos en la cancha.
    El juego fue disputado palmo a palmo y el padre recordó las batallas épicas de su nación y sintió cómo le hervía la sangre. Sin goles en la pizarra, avanzó la parte complementaria y en ella se dibujó la histórica jugada. Desde la banda derecha un compatriota burló al enemigo, avanzó seguro y con toque suave y preciso sirvió el balón hasta el área grande a la que como un ave enjundiosa, llegó preciso Pópolo para golpear con la cabeza el esférico ordenándole anidarse en el ángulo de la portería adonde la mano izquierda del guardameta sólo lo saludó.
    El alarido fue general, pero en la tribuna el padre, que no parpadeó durante la jugada, se alzó con un gesto descompuesto por la pasión y el éxtasis total. Su corazón retumbó aceleradamente dentro de su cabeza y el gol iluminó su mente.
    El hijo fue copado por los compañeros, pero en cuanto pudo se acercó a las gradas para dedicarle el gol a su viejo. Distinguió un movimiento confuso en el palco y sólo alcanzó a pedir a su banca le informaran de alguna anormalidad. La hermana se encargó de comunicar que nada grave pasaba: quería que su hermano culminara el encuentro a pesar de que el cuerpo inerte de su padre ya era objeto de diligencias médicas.

    El silbatazo final llegó. El 1–0 fue suficiente para adjudicarse el campeonato. En la ceremonia, Pópolo tomó la copa con delicadeza y amor, la besó sublime y la alzó hacia el cielo, porque sentía, sabía, que su padre estaba ya en un palco mucho más alto.

Integrant del libro impreso La segunda muerte y otros cuentos

D. R. © Teófilo Huerta, 2006
D. R. © Plaza y Valdés, 2011

Cuento participante en el Concurso Futbol y  Literatura del Instituto Goethe (2006)