13 febrero, 2013

Encantado por el museo


Galería de Dereck Vinyard
Cuando Eustaquio Sánchez pisó por primer vez el museo se quedó asombrado por el majestuoso hongo que bañaba el patio central. Acalorado coqueteó con la idea de darse una ducha y se conformó con el rocío que acarició su cuerpo.
    Cuando inició el largo recorrido por las salas se dejó acompañar por un joven guía que le mostró paso a paso las vitrinas y maquetas y le explicó con sapiencia detalles de las exposiciones.
    Eustaquio se fascinó por muchas de las piezas ornamentales, las vasijas y las máscaras; las finas piezas de ónix y las significativas estelas. También se mostró sorprendido por los restos humanos y deseó con todas sus fuerzas que nunca él se quedara en desnudos huesos, antes que ello prefería inmortalizarse como alguna de las estatuas que también apreció.
    Cuando llegaron a la gran sala mexica, prácticamente no parpadeó, gozó de las reproducciones de las pirámides y se imaginó en épocas remotas. Nada más al percibir la maqueta del gran mercado se paralizó, perdió el sentido por una segundos, se le cegó la vista y los susurros que escuchaba de los visitantes fueron sustituidos por un inmenso vocerío en náhuatl, ininteligible para él, su olfato detectó una mezcla de olores de yerbas y animales y al recobrar la visión un tanto borrosa se descubrió en paños menores y huaraches. El incipiente mareo se intensificó y cientos de personas vestidas como él le rondaban. Quiso sostenerse en el hombro de su guía, pero éste ataviado igualmente por poca ropa le regaló una última y enigmática mirada antes de desaparecer despavorido entre las mercancías.
    Eustaquio tenía conciencia del mercado que en miniatura apenas había observado e imaginó que el sueño lo había vencido tras la visita al museo. Un poco más sereno caminó no sin tropezarse con algunas jaulas de animales. A cada paso que daba los mercaderes le ofrecían objetos a la vista, pero él tan sólo movió insistente la cabeza y avanzó más en busca de una salida no sin volverse a tropezar. En eso dirigió su mirada al cielo e incrédulo percibió un enorme teléfono celular manejado por un gigante rubio. Eustaquio se paralizó y fijó su  pavorosa mirada en el gran artefacto que lo captó.
    Ya no pudo moverse, como un eco sólo alcanzó a escuchar que el gigante rubio expresó a algún acompañante:
     ¡Magnifique visage!, ¡celui semble-t-il un homme de vérité!!!

 
D.R. Teófilo Huerta, 2012

 Cuento leído por el autor en la segunda presentación del libro La segunda muerte y otros cuentos ( Plaza y Valdés, México, 2011) en el salón del Museo de Antropología e Historia, Chapultepec, ciudad de México, 28 de septiembre de 2012.

 

1 comentario:

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