15 julio, 2013

Lectura fatal


 
Foto: Juan Toledo
Era su día de asueto y plácidamente recorría un parque público. Cerca de una fuente eligió una banca y con sorpresa descubrió que alguien había olvidado un libro sobre la misma. Volteó hacia todos lados y se cercioró de que nadie le rodeaba y que el dueño original del ejemplar seguramente estaba lejos.
    Con desconfianza aproximó su mano y tomó el libro. Ya en su posesión vio que eran atractivos el título, el autor y la ilustración de portada. Hizo un gesto de satisfacción por el encuentro. Cuando abrió la obra se percató de un mensaje inscrito en una papeleta adherida: “Felicidades, has encontrado un libro libre destinado a tu lectura  El club de los libros abandonados te da la bienvenida, da aviso de este hallazgo en la página www…. te pedimos que cuando termines de leer este libro no te quedes con él, sino que lo dejes casualmente en un sitio público que elijas para que otra persona como tú pueda también recrearse con su lectura.”
    Encantado lo hojeó. Notó que en sus páginas el libro estaba todo polvoriento y lo atribuyó a haberse enterregado al encontrarse al aire libre. Como era su costumbre, leyó el texto de la contraportada con una breve sinopsis de la obra, el índice y la página legal con los principales datos de edición. Como si fuera un rito, dirigió  su vista alrededor para tener pleno dominio de su entorno y no ser sorprendido por ningún distractor, respiró profundamente y pausadamente volvió a abrir el libro hasta la página de inicio del texto y se concentró en su lectura.
    Poco a poco se adentró en la trama y su interés creció. Su expresión pasaba de la seriedad a la tranquilidad y como si fuera una barca se dejó llevar por la corriente.
Pasada más de una hora vio su reloj y con parsimonia dobló cuidadosamente un ángulo superior de la página en que detuvo su lectura y cerró el libro. Se levantó satisfecho y se retiró del jardín.

    Día con día regresó al parque y eligió una u otra banca para continuar su entretenida lectura. Su intención era concluirla en el sitio donde había hallado el material para abandonarlo allí mismo. Eso sí, hojear el libro se le había complicado pues sus dedos presentaban lesiones que las atribuía a picaduras de mosquitos.´
    En algunas de las oportunidades en que se adentró en el texto en aquel paraje, otros paseantes frecuentes fueron testigos de algunos cambios de conducta de aquel ávido lector. Por supuesto siempre lo vieron interesado en las páginas, pero lo curioso fueron sus cambios físicos, pues de la gallardía y tranquilidad con que se sentaba en la banca y procedía con su tarea, vieron su deterioro y ejecutar actitudes que con el tiempo se incrementaron en frecuencia y combinaciones, como la de toser, rascarse, jalar aire o sacar su pañuelo para secarse el sudor. La alegría y concentración inicial también se transformaron en angustia. Esos visores por lo general atribuyeron la transformación del lector a la propia obra que con tanto ahínco cargaba y leía.
    Después de varios días, en su banca preferida del jardín abrió el libro y su vista nublada le impidió leer por lo que lo cerró de inmediato. Cuando más necesitaba la ayuda de alguna persona, nadie lo observaba. Se levantó desconcertado y titubeante al dar los pasos. Minutos posteriores sobre la acera que lo conducía a su casa, sintió un mareo que lo puso alerta y como reflejo sujetó su libro. El mareo fue mayor y le hizo falta aire. Se llevó la mano libre al pecho a la vez que ya con angustia quiso jalar oxígeno. En un instante perdió el conocimiento, cayó estrepitosamente contra el cemento y murió, el libro naturalmente se desprendió de sus manos y fue a caer a varios metros de él,  justo en una cuneta entre la banqueta y la calle.
    Era imponente lo solitario que aparecía aquel cuerpo tendido en el suelo. El total abandono de un individuo cuyo cerebro minutos antes recreaba otro mundo y mucha compañía. Parecía que el libro había renunciado a él.
    Las primeras personas que divisaron al sujeto, nunca advirtieron la presencia del libro. El hombre fue levantado muchas horas después por una ambulancia y llevado al centro forense. El médico legista extendió el siguiente informe: “Hombre de aproximadamente 36 años de edad, peso corporal de 70 kilos y estatura de 1.75 metros. Falleció aproximadamente a las 14:35 horas. Presentó fractura en el parietal derecho causada por el desvanecimiento posterior al deceso por obstrucción respiratoria. Los análisis de sangre, así como de la piel, de la mucosa nasal y de los pulmones arrojan la presencia de esporas originadas por la bacteria Bacillus antrhracis, comúnmente identificada como ántrax …”
    En otro momento en la acera del accidente, una joven y hermosa estudiante divisó en la cuneta el libro que creyó extraviado y abandonado, se agachó para recogerlo y ya en su posesión vio que eran atractivos el título, el autor y la ilustración de portada. Hizo un gesto de satisfacción por el encuentro. Cuando abrió la obra se percató de un mensaje inscrito en una papeleta adherida: “Felicidades, has encontrado un libro…”
  
D.R. © Teófilo Huerta, 2012
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Integrante de la antología 2099-b, Ediciones Irreverentes, Madrid, 2013. ISBN: 978-84-15353-74-4
Adquirir aquí en línea.



Leer cuento en revista El Bibliotecario en línea (p.31).

1 comentario:

Daniel Mendez dijo...

¡Muy bueno! me gustó, llegué a tu cuento por la publicación que hiciste en el evento de Siembra de libros. Te invito a leer mi blog, a ver qué te parece:

http://warmgunner666.blogspot.mx/

¡Saludos!