01 agosto, 2009

Ciudad en cenizas


Eran las 05:55 de la tarde. Prevalecía un aire enrarecido y asfixiante. Muy pronto, al avanzar y cruzar algunas calles, me percaté que a lo lejos las llamas consumían la cúpula del alto edificio del diario El Reformador. Mi estómago dio un  vuelco pero seguí adelante convencido de que pronto quedaría sofocado.
    Como autómata, en lugar de seguir mi acostumbrado camino enfilé hacia el lugar del siniestro, movido por el seguro escenario de los bomberos y las cámaras de televisión.
    Conforme avancé y el edificio se me hacía menos distante descubrí con sorpresa que un salón de fiestas que lo antecedía también era presa del fuego. Lo más increíble era que no podía  tratarse de una extensión del incendio del periódico pues había de por medio un par de cuadras. Por mi mente atravesó la idea de algún atentado pero era poco probable pues mis oídos no habían registrado alguna explosión.
    Lo que comenzó a conformar mi paisaje sonoro fue el incesante ulular de las sirenas, era un concierto estremecedor en varios planos pues a la lejanía esos artefactos no paraban de sonar.
    A medida que avanzaba fui descubriendo un panorama nada reconfortante: más llamas surgían en puntos distantes. Mi visión no advertía la ubicación precisa de aquellos incendios pues una densa nube de humo me lo impedía.
    El característico olor y el consecuente ataque de asma me impidió avanzar más, aunque casi estaba al pie del salón donde una elegante mujer, a pesar de su desesperación y resistencia, era convencida de abandonar la todavía incólume planta baja.
    Fue allí donde, de golpe, recibí un chorro de agua disparado por los bomberos. Fue muy refrescante: advertí que no sólo sentía en mi cuerpo el calor del incendio, sino que éste ya me acompañaba desde mi salida de la oficina. Era una tarde singularmente calurosa.
    Desde mi nueva posición adonde volteara advertía incendios. Me estremecí al pensar en una catástrofe y me preocupé por los habitantes de esos edificios y más por mis parientes y amigos.
    Marqué por el celular a casa pero no había señal. Intenté con otros números y el resultado fue el mismo. Las comunicaciones estaban interrumpidas. Me sentí solo en medio del infierno.
    Comencé a retirarme y a retomar mi camino original. Al internarme en la colonia de mi trabajo tuve un leve alivio al ver de pie la mayoría de las casas y construcciones, pero sólo la mayoría, porque de manera dispersa uno que otro sitio también era presa de las llamas e inevitablemente se propagaría.
    Retorné hasta mi centro laboral para advertir que se encontraba entero. Reanudé mi camino, di la espalda a los incendios y torcí el rumbo en busca de transporte colectivo. Pero, ¿cuál? Había sido suspendido.
    Parte del caos era que apenas constataba la presencia de individuos igual de azorados que yo. Estaba abstraído y el desesperado ir y venir de la gente no me libraba de mi atolondramiento.
    Al pasar por una tienda de muebles me detuve ante un televisor que reproducía la desgracia. Un prestigiado conductor de noticias aparecía en el lugar de los hechos para narrarlos. No le di importancia a la perorata salvo cuando se refirió a la probable explicación de los incendios: la temperatura rebasaba los cincuenta grados esa tarde: el cambio climático nos había alcanzado y dejado huella.
    Comenzó a anochecer. La distancia a mi hogar era enorme y el tránsito peatonal estaba bloqueado. Sin transporte ni comunicación, deambulé abatido por horas y acaso descansé unos minutos en la guarnición de un condominio en la compañía de otro individuo con quien apenas crucé palabras de incredulidad y más bien muchas miradas de incertidumbre.
    El amanecer fue triste y sombrío: gente por doquier y en condiciones similares a la mía, pero yo no le prestaba atención. Me sentía en una ciudad desierta y abandonada.
    Las incomunicación prevalecía. A pesar del sudor y apariencia, me dirigí a la oficina. A unos cuantos metros testifiqué que también se consumía. Quería convencerme que todo era una pesadilla, pero era imposible trasladarme a otra realidad que no fuera la misma.
    Las horas avanzaban y al mediodía el calor ya era muy pesado. Tomé conciencia de la angustia a mi alrededor. La gente luchaba por guarecerse del sol y huir de los edificios. En el ambiente dominaba el pánico por la proximidad de las horas más calurosas. Aún permanecían lánguidas llamas y espeso humo alrededor pero, ¿se encendían nuevas construcciones?, ¿eran tan endebles ante un fenómeno así?
    Como hormigas íbamos de un lugar a otro sin dirección clara. No prestaba atención al rescate de heridos más que a la hora de echar un nuevo vistazo a algún televisor. La espectacularidad de las pantallas contrastaba con el desolador panorama que me agobiaba y al extrañamiento de los míos que, distantes, estaban verdaderamente ausentes.
    Protección Civil activó una alarma que se atascó apenas rebasados los treinta y cinco grados. Las patrullas por sus altavoces comenzaron a indicarnos que nos dirigiéramos al Bosque de Anáhuac, el pulmón de la ciudad: sólo allí encontraríamos el refugio indispensable.
    Las filas de quienes encaminábamos nuestros pasos hacia el bosque se convirtieron en turbas al salir la gente de sus casas y trabajos. Como si estuviera predestinado, justo hacia las cuatro de la tarde comenzaron a gestarse nuevos incendios, ahora ya no distantes sino por donde transitábamos.
    Pese a los gritos y empujones seguía abstraído, ensimismado y, como autómata, dejándome llevar por la corriente humana hacia el bosque que por más extenso que fuera sería insuficiente albergar a toda la población.
    Los siniestros parecían perseguirnos: el calor era inclemente. La alarma que sonaba otra vez volvía a descomponerse al rebasar los 70 grados. Desesperados nos lanzamos a las infectas agua del lago donde las lanchas que otrora dieron esparcimiento, quedaron arrumbadas en un rincón. Poco nos importaba ahogarnos o contraer algún mal estomacal o en la piel. Lo urgente era mitigar un calor jamás sentido y alejarnos de las brasas que consumían los alrededores del bosque y los primeros árboles del mismo.

Abatidos, nadie supimos de las horas siguientes sino hasta el amanecer, cuando nos descubrimos casi desnudos en medio del fango, con el agua totalmente evaporada. Al igual que los demás pero otra vez ignorándolos, me incorporé y caminé entre resbalones hasta alcanzar el ahora negro césped y tirarme entre una multitud esquelética y deshidratada.
(Imagen: Cuando sea tarde, óleo,
 
Virginia Palomeque, Argentina)
    Al sentir los rayos del sol, me levanté asustado y entre la poca noción que tenía emprendí el largo camino hacia mi hogar, entre autos, patrullas y cuerpos calcinados, entre cenizas y ruinas de casas y edificios.
    El humo me impedía ver más allá de mi entorno, pero conforme me alejé de la ciudad entre agotamiento y asma, ya a cierta altura, divisé la cordillera que la rodeaba; parecía una olla que dejaba escapar el vapor o un lugar inhóspito donde hubiera caído un meteorito.

    Para entonces el calor amenazaba con aumentar y yo no tenía otro bosque para protegerme ni próximo mi anhelado hogar.
D.R. © Teófilo Huerta, 2009

Cuento integrante del libro impreso La segunda muerte y otros cuentos, Plaza y Valdés, México, 2011

D.R. © Plaza y Valdés, 2011
Reproducido con autorización de la editorial Plaza y Valdés.

Publicado en revista El Búho, julio de 2009 Leer en línea. 

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