25 enero, 2009

Que los cumplas feliz


Sobre la mesa de madera lucía el enorme pastel que Carmelita preparó afanosamente. Sus manos habían transfundido al postre sangre de su corazón eternamente ligado a su bisabuelo. Sobre el pastel brillaban tumultuosamente agolpadas las 115 velitas pacientemente colocadas por los tataranietos.
    Fermín, estupefacto, contempló la escena, mas su rostro no expresaba ni un dejo de la felicidad agotada años atrás. Sus ojos cataratosos aún divisaban, mecánicamente, sin la avidez con que en la infancia descubría su entorno, rostros, figuras, paisajes; sin la curiosidad con que armaba rompecabezas, admiraba canicas o delineaba contornos en una hoja de papel y carecía de la sorpresa de verse reflejado en otros ojos; tampoco miraba con el morbo aprendido para deleitarse con unos labios femeninos, unos senos o unas caderas; menos con la pasión juvenil de capturar paseos, jardines, playas, fiestas, amores y registros nemotécnicos; ya no con la emoción por atestiguar el nacimiento de sus hijos, menos con la templanza adulta para conocer el entorno y valorar la importancia de la vista. Ni siquiera con la nostalgia de repasar viejas fotografías y examinar las expresiones de sus descendientes. No, ya no: sus ojos opacos, casi estáticos, eran meras cámaras para enfocar el momento y punto y aparte.
    El entusiasmo de la parentela era patente, la atmósfera se llenaba de la gritería de los niños, la plática y risas, los aplausos, los gritos y, por supuesto, las desentonadas Mañanitas cantadas por todos. Fermín escuchó sin la nitidez de antaño, sin distinguir los sonidos, como un escándalo de bulto; escuchó sin perturbarse, sin emocionarse ni siquiera fastidiarse. No escuchó con la sorpresa que le causó el movimiento digestivo y los retumbantes latidos de su madre, ni  con el susto de su propio llanto o las primeras voces ininteligibles; tampoco con la paz que le provocaban los arrullos, menos con el interés por captar los deletreos y las agradables diferencias entre vocales y consonantes; tampoco con el interés que le producía escuchar el nombre que le daba identidad; menos aún con la desenfrenada pasión por un disco a alto volumen ni con la conmovedora y tersa disposición para captar muy cerquita del oído un “te amo”, lejos también del interés por el sonido de una ola que rompe o el silbido de un pájaro, el ququiriquí madrugador del gallo,  el mugir de una vaca, el tañido de una campana en un apacible poblado; ni siquiera con la excitación que le provocaba un jadeo ni la ternura que le despertaba el incipiente llanto de un bebé; tristemente tampoco por la paz que le inspiraba la declamación de un poema. No, ya no: sus oídos casi sordos ubicados en sus cada vez más grandes orejas, eran meros radares para apenas orientarse y punto y aparte.
Foto:Caras Ionut
    Un aroma de antojitos y buena comida, de aire fresco y cordial privaba el ambiente. Fermín olió, sin la claridad de antes, solamente dejando penetrar por su nariz los aires que le rodeaban; olió sin inmutarse, sin motivar su apetito. No olió con la avidez con que lo hizo para localizar la leche materna ni con la curiosidad para descubrir la esencia de un líquido, del corcho de una botella, de su propia piel; tampoco lo hizo con la agradable sensación producida por el aroma de una flor, una fruta, el ladrillo mojado, el pasto cortado, la brisa del mar; menos por el apetito que le despertaba el vapor de una suculenta sopa; no con la agradable sensación de disfrutar el aroma de una mujer recién bañada o el sofisticado perfume ni con el natural deseo de percibir otra piel y su sudor natural, menos con la perturbadora emoción de aspirar el íntimo humor de su amada; ya ni con la mera necesidad de aspirar para oxigenarse. No, ya no: su nariz le estorbaba. Simplemente era un órgano para respirar y punto y aparte.
    La fiesta era alegre, los niños jugaban con la tierra y con los globos, las manos de los adultos movían platos y cubiertos. Fermín recibió besos y abrazos al por mayor, sin la disposición de cumpleaños pasados, dejándose nada más querer; él tocó pieles y vestidos, platos y cubiertos, pero como un autómata. No tocó como se aferró al seno de su madre, como le recorrió con las yemas de sus dedos el rostro, como aprisionó la nariz de su padre, como descubrió las texturas de sonajas y cobijas; tampoco como descubrió la redondez de las canicas y la finura de la tierra; menos con el jugueteo de su pene y la habilidad de lanzar un balón; ni siquiera con la atracción de sujetar un manubrio o volante; tampoco fue con el confort producido por la arena seca y mojada de la playa o la emoción de rasgar las cuerdas de una guitarra, ni con la timidez de un roce de labios; menos con la seguridad al manejar una pluma o teclear; tampoco era la ternura de una caricia sobre un cuerpo desnudo y su acompasamiento, ni acaso con la firmeza de estrechar una mano amiga. No, ya no: sus manos arrugadas y deformes ya no tocaban igual. Eran meras pinzas para sujetar lo inmediato y punto y aparte.
    Los comensales degustaron cada platillo hasta saciarse, saborearon el pastel de Carmelita y ayudaron al festejado a comer un trozo. Y Fermín recibió los bocados sin el antojo de los ayeres: solamente tragando. No degustó como saboreó su primera leche materna, su dedo, su chupón o su primer biberón, tampoco como paladeó sus papillas, un dulce, el agua de horchata, la carne molida, el pollo, las habas y verdolagas; ni siquiera como disfrutó el sabor de una cerveza o del vino. Menos como inflamó su corazón con la lengua y la saliva de una mujer; ya ni siquiera con el remanso de pasar agua. No, ya no. Su boca frágil y reseca albergaba una tosca y rasposa lengua y dientes postizos nulamente sensibles; era un mero recipiente para introducir el subsistente alimento y punto y aparte.

    En el convivio se formaron grupos donde la palabra igual servía para jugar, o burlarse, que para discurrir sobre cuanto tema viniese a la cabeza. Y Fermín percibía las palabras, pero a lo mucho asentía con la cabeza sin involucrarse en los diálogos. No habló como al llegar al mundo emitió un agudo llanto, tampoco como sonidos guturales inundaron de felicidad a sus padres; menos aún como copió sus primeras palabras e inventó las propias, ni siquiera como cuando, orgulloso, deletreó o cuando recitó en la ceremonia escolar; tampoco como cuando se hizo presente en las charlas informales de amigos y familiares; menos cuando nerviosamente declaró su amor por primera vez o cuando formalmente hizo patente su interés por la mujer de su vida; para nada como cuando contó un chiste, una anécdota o eruditamente dio una clase o un discurso, al menos una opinión; en lo absoluto como cuando entusiasta lanzaba piropos o desafinado cantaba; no habló como cuando se enojaba,  se entristecía o se apasionaba. No, ya no. La palabra ya no se le daba, sus pensamientos se aglutinaban sin aflorar; sus escasas palabras eran meros recursos para expresar necesidades inmediatas y punto y final.
D.R. © Teófilo Huerta, 2007

Integrante del libro impreso La segunda muerte y otros cuentos

D.R. © Plaza y Valdés, 2011
Reproducido con autorización de la editorial Plaza y Valdés.

Publicado en el  El Búho, No. 102, noviembre de 2008, Versión pdf. Leer en línea.

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