07 abril, 2008

A la conquista del territorio vendido


A decir por sus hábitos, ropas y gustos, hay hombres en esta tierra (al menos en este territorio para unos con figura de cuerno retorcido) que viven en la abundancia. Sin embargo otros padecen inseguridad, dolor, miseria.
    Los más desprotegidos se ven impresionados por el avance tecnológico del país vecino, por su libertinaje y lujo y, sobre todo, por el imán del billete verde que sin modificar su tamaño crece continuamente con respecto al insignificante peso del peso.
    Esta es la historia de un hombre de cuarenta años, uno más que se atrevió a cruzar la frontera norte, y su atrevimiento no fue tanto porque padeciera las inclemencias del desierto, la amenaza del río, el peligro de ser cazado como un pato por los minuteman, o apresado por los policías. No que va, si él pasó tranquilito por las aduanas aeroportuarias como todo un ejecutivo. El atrevimiento radicó en la locura de su objetivo.
    Su viaje lo tomó como una aventura, pero no para ir por las promesas de Las Vegas y retornar con los bolsillos cargados de valiosas monedas. Antonio, nuestro hombre, buen mozo, robusto, ingeniero, se fue a una aventura realmente conmovedora, igual que alucinante: reconquistar el territorio que un día Santa Ana vendiera por lo que risiblemente hoy serían simples centavos.
    Antonio nada dijo a nadie. Inventó un par de historias acerca de una oferta de trabajo o de tener los suficientes ahorros para un tour por diferentes citys del norte. Pero a nadie, ni de broma, le dijo que su verdadera intención era aumentar el tamaño del territorio nacional.
    La idea le surgió durante una de esas veladas entre profesionistas de su área, cuando un grupito, con copa en mano, se puso a opinar con ambiciones políticas sobre la situación económica del país: que el desempleo, que la inflación, que la sucesión presidencial, en fin, hasta que alguien le echó la culpa de todos los males al poderoso vecino del norte y entonces no faltó quien recordara las continuas injerencias que el poderoso vecino ha tenido en nuestro territorio, a tal grado de habernos quitado parte de él. La discusión, como todas las precedidas por el alcohol, se dividió y algunos recriminaron la posición del vecino poderoso, otros criticaron la flaqueza del gobierno que vendió parte del suelo patrio y algunos que, incluso, opinaron que aquella había sido una medida ejemplar que ante la actual deuda debía ser ahora retomada y que mejor sería ir aprendiendo el inglés para no sufrir como los latinoamericanos que viven en el sur de los Iunait Estéis.
Google imágenes                
    Fue este último comentario el que retumbó en la cabeza de Antonio, con su copa también, pero sólo para confundir a los colegas, más cola que brandy para mantenerse fuera de los pesares de la cruda. En esos instantes pensó en la defensa del territorio propio, en los símbolos patrios, en los héroes masacrados, en los hombres frágiles, cobardes y corruptos y pensó en los miles de mexicanos desterrados, los más por falta de expectativas y dinero, y en los demás latinoamericanos que han hecho de la nación más poderosa del mundo una de las más interraciales, donde blancos, negros, orientales y ahora latinos se disputan la supremacía.
    ¿Minoría la latinoamericana?, se preguntó, ¡vamos a ver!, amenazó y desde ese momento, lleno de rabia y seguridad en sí mismo, se dispuso a concretar su plan, sin sentirse héroe “porque la época ya no está para eso”. Así tomó Antonio la firme decisión de reconquistar el territorio vendido.
    La misma noche de la fiesta, ya en su casa, se desveló fraguando una y mil veces la idea nacida de repente pero llena de justicia. Tan pronto como amaneció, y tras de delegar funciones en su bufete, se contactó con estudiosos de la política, se metió horas y horas en la hemeroteca para consultar declaraciones de líderes chicanos, leyó libros históricos, se involucró en las estrategias militares desde       Santa Ana hasta Villa, adquirió mapas y guías para compenetrarse en la geografía del lugar y tras de varias semanas, compró su boleto, hizo una pequeña maleta y partió.
    Su destino inicial fue Los Ángeles. El aspecto de Toño era sintomático de algo, aunque nadie adivinara de qué. No podía pasar inadvertido ante los ojos de los demás: llevaba una vestimenta totalmente folclórica, pretendidamente mexicana pero al final ridícula. Su atuendo era una mezcla de jarocho, charro y quién sabe qué más. Paliacate al cuello, guayabera, chamarra de gamuza y sombrero de ala ancha que terminó por cambiar por uno de norteño.
    El tipo era realmente agradable. Su fisonomía no despertó la más mínima sospecha entre los aduaneros de la frontera, las sobrecargos de la línea aérea se divirtieron atendiéndolo y a no ser por su enorme conciencia política (surgida de la noche a la mañana pero al fin y al cabo conciencia) podría haberse dejado mimar y dar un giro a sus inolvidables vacaciones.
    Por supuesto que Antonio era tranquilo, en su cabeza no tenía la mínima intención de preparar una guerrilla, acaso una pacifilla. Tampoco tenía ambiciones políticas, soñaba ser un nuevo líder, todo pretendía hacerlo como en un hábil juego de ajedrez.
    Cerró los ojos durante el vuelo y durmió, y el viaje se convirtió en una estancia permanente. Primero se acomodó plácidamente en un hotel y como ermitaño comenzó a tejer su estrategia. Sacó su as bajo la manga, es decir sus recursos bien resguardados y sus proyectos de inversión, además, por supuesto, sus conocimientos informáticos.  
    Pudo haberse convertido hasta en un competidor de Bill Gates, pero si bien desarrolló interesantes y novedosos programas, su objetivo no era acaparar un sólo campo. Más bien su mayor creatividad sería aplicarla a sus estratégicos movimientos.
    Se ganó la confianza de medianos empresarios, se asoció con ellos e inyectó grandes capitales. Para despistar al enemigo y sin renunciar a su nacionalidad, tomó la ciudadanía norteamericana y así dejó de ser un simple socio para invertir en la bolsa de valores y, muy subterráneamente, poco a poco se fue adueñando de negocios y grandes firmas, naturalmente de informática y lo mismo de pan de caja que de tequila, de bancos que de restaurantes y agencias de viaje. Comercial y financieramente se apoderó de California y después de Nuevo México, Arizona y Texas. Su nueva residencia, modesta de todos modos, la trasladó a Phoenix.
    A la  par de su estrategia comercial avanzó con la social. Sorprendentemente para los capitalistas no ignoró los derechos de los trabajadores para ganar también la simpatía de sus connacionales.
    Como en el juego de Turista, se apostaba su suerte, manejaba el dinero y compraba a diestra y siniestra hoteles, bancos, bares y cuanto su chequera pudiera cubrir.
    Con este escenario ideal, Antonio comenzó la segunda parte de su plan, el más difícil y contradictorio desde su posición social: concientizar.  A través de los sindicatos, de las comunidades de mexicanos y otros grupos organizó eventos sociales y culturales donde hábilmente dejó correr sus ideas de repatriación con todo y territorios, que qué bueno sería, era un ideal y sonaba bien, que tarde o temprano eso sucedería. Pero sus atentos escuchas sólo avalaban la parte idealista y cofraternizaban con él, no más. Ninguna idea adicional, ningún “por qué no lo hacemos”, “por qué no lo llevamos a la práctica”.
    De un golpe su paulatino plan, aquél surgido una noche bohemia, ese plan fraguado lenta pero tenazmente, jornada tras jornada bajo el disfraz del próspero empresario, se venía abajo. Él mismo se desmoronaba. Tanta inversión monetaria y en tiempo y de pronto su argumentación parecía (era) ridícula, ineficaz, sin resonancia. No adivinaba que los mexicanos trasterrados obedecían a otras leyes ya no digamos de la economía o de la política, sino de la simple razón.
    Contuvo su enojo y esquivó la frustración: finalmente era tesonero. No presionó y continuó con sus reuniones y cursos sin insistir en el tema. Mejor sondeó personalidades, tenía que encontrar almas gemelas que le sirvieran de intermediarios.
     Pasaron años, pero él firme, sin compromisos sentimentales ni adaptación real a la vida norteamericana. Su idea era un credo. Más allá de los satisfactores que le rodeaban él no podría traicionarse a sí mismo y renunciar a su locuaz proyecto. En lo material ese plan le había salido prácticamente perfecto, pero se percataba que la voluntad humana era la más difícil de manejar.
    Por increíble que parezca encontró esas almas gemelas, sobre todo en aquellos cuya permanencia en el país vecino era incierta y desoladora, con expectativas truncadas y con un futuro opaco. Esos peculiares inmigrantes ilegales se convirtieron en su ejército.
    Bastaba con tener empatía con el resto de mexicanos arraigados o indiferentes: ya no era fundamental aleccionarlos, contaba con algunos buenos (e ilusos) estrategas y así retomó convencido su discurso y lo proclamó primero en nutridas juntas, después en espacios abiertos en pequeños barrios hasta convocar a un primer mitin multitudinario.
    Su discurso se tiñó de proclamas por la defensa de los valores y los derechos de los inmigrantes. En ello nada de nuevo había sino la singular condición empresarial del líder. En algunos despertó sospechas, en otros desconfianza. No obstante, el buen Antonio repitió su discurso en distintos puntos de California, Arizona, Texas. Llenó plazas y comenzó a sembrar inquietudes entre los gobernantes no tanto por el fondo de su oratoria sino por el movimiento social que generaba.
    Los grupos inmigrantes aprovecharon las asambleas para reivindicar sus derechos y exigir igualdad, los indocumentados para demandar consideración y respeto.     
    En pleno dominio de sí encontró la casta de auténtico orador y enumeró a los héroes de la Independencia, la Reforma y la Revolución hasta mencionar a contemporáneas figuras del movimiento chicano. Arrancó gritos de las multitudes, ondeó el lábaro patrio y subrayó la esencia de nombres castizos que una gran cantidad de ciudades conservaban. Fue así como abiertamente expresó el reencuentro de aquellos territorios con la nación azteca. Pero entonces los coros no fueron iguales. “Sí, sentimos una pertenencia al lado de allá que dejamos, pero si salimos fue por mucha inoperancia gubernamental”, decían algunos. “Somos mexicanos pero de acá”, decían otros. “Somos orgullosamente chicanos”, pronunciaban los demás. “Mejor gringuitos morenos que mexicanos hambrientos”, se atrevían a señalar algunas voces.
    Ante las masas, líderes, gobernantes y periodistas Antonio no tuvo el menor rubor para declarar sus intenciones. Preocupó por su retórica más que por su eficacia y comenzó a padecer presiones en sus empresas mas no se arredró.      Argumentaba convencido que la economía de esos estados ya le pertenecía y ni qué decir de la cultura. Pero comenzó la deserción. Cómo sería posible ser administrados por el gobierno de su nativo país, sí pero que no garantizaba un futuro certero. Y Toño insistía en que la solidez económica les permitiría solidez política y auténtica soberanía.
    Con descaro intentó vender una idea al presidente de México. Le ofreció incluso de su bolsillo recursos para que ofertara por la compra. Igualito que el territorio dejó de ser nuestro por una vaguedad de antiquísimos pesos, hoy se podrían ofrecer millones de dólares por recuperarlo. Por supuesto la presidencia hizo caso omiso del asunto.
    Nuestro hombre cimbró el sur de la nación más poderosa del mundo. Con la polarización de criterios, algunos grupos le eran fieles, otros reticentes pero afines la bandera de los inmigrantes; algunos más pensaron que la idea podía tener cierta lógica si en lugar de retornar los territorios pudiese gestar un movimiento independentista de toda esa  región y crear un nuevo país: Hispania, Hispamérica o Latinlandia. La idea entusiasmó incluso a los inmigrantes del Caribe, Centroamérica y el cono sur. Varios miembros del poder coquetearon con la idea. Otros líderes comenzaron a surgir y  a poner nerviosos a los gobernadores más renuentes y al propio presidente norteamericano.
     Muchísimos más se oponían y juraban fidelidad a la nación de las barras y las estrellas. Ni qué decir de los anglosajones que casi sintiéndose minoría comenzaron a organizar grupos defensores y a hacer alusión a su historia y la lucha que representó la unión que ahora un trastornado pretendía fracturar.
    Plazas y calles de pueblos y ciudades se inundaron de exacerbaciones nacionalistas. Unos enarbolaban la bandera mexicana, otros la americana y los partidarios de Hispamérica inventaron una propia.
    La embajada y consulados mexicanos, ni tardos ni perezosos, se deslindaron del nativo mexicano y fijaron su posición de respeto a los Estados Unidos.
    Bajo ese panorama y no sólo por su papel de agitador, a Toño se le inventaron graves conexiones con rebeldes y terroristas. Le sembraron armas en su domicilio. Con esos cargos fue a dar tras las rejas. Él pensó que eso le daría fortaleza y podría, desde prisión, continuar con sus planes. La parte heroica lo comenzaba a perder.
    Recibió consejos de sus familiares (lejanos, pero tenía), colegas y amigos que no daban crédito a lo que había ido a parar. Lo reclamaban en su país, le pedían suavizara su posición y cediera para en breve obtener su libertad. Con oídos sordos, en plena reclusión comenzó a aleccionar a los presos. Había cultivado  la oratoria y manejado la motivación para convencer a la mayoría a sublevarse; las penosas condiciones intramuros permitían que las mentes de sus pobladores fueran campo fértil para semejantes ocurrencias.
    Pese a los esfuerzos de sus allegados y abogados y cuando en ellos animaba la posibilidad de al menos una expulsión a su país de origen, todo fue en vano por la movilización que había generado e incluso por conexiones a otras prisiones en las que había indicios de rebelión y apoyo del narcotráfico, Antonio fue cruelmente juzgado como agitador social y condenado a la inyección letal.
    Lo paradójico del asunto es que siendo amante del país del cuerno retorcido y a expensas de la ciudadanía norteamericana que un día tomó según por estrategia, el veredicto histórico fue el de “traición a la patria”... sí, por traición a la patria que no sentía suya, de la que renegaba, a ésa que le había robado kilómetros a su auténtica patria del sur y de la que un día cualquiera soñó desprenderle las tierras que pensaba justificadamente rescatables.  


 D.R. © Teófilo Huerta, 2006

Integrante del libro impreso La segunda muerte y otros cuentos

D.R. © Plaza y Valdés, 2011
Reproducido con autorización de la editorial Plaza y Valdés.

Publicado en la revista El Búho

1 comentario:

Johnix dijo...

Me encanta la osadía de toño y la manera en que desarrolla sus habilidades de motivación. Bastante buena la historia y no muy lejana de la realidad. Quiza el movimiento separatista no sea una utopía en el sur de los estados unidos sin embargo, y como siempre, se impondrá el autoritarismo del cual reniegan y bajo la frase de nación indivisible surgirá una segunda guerra de secesión ante cualquier intento de crear al utopico Aztlán o Hispamérica.

Buen tema ;)